lluvia de enero
Simplemente mujer
Después de otra noche de insomnio y dos horas de sueño, abrió sus ojos con la cara de aquella estampada en sus pupilas entristecidas de llanto y el alma sobrecargada de dolor, trató de ignorarla, prefirió verlo dormir unos segundos. El debe haber sentido la mirada fija en su espalda porque despertó.
Como todas las mañanas durante casi treinta años le regaló unas caricias con la misma ternura que se le ofrece a una mascota. Ella las recibió con la avidez de siempre, acurrucada sobre su pecho besó su hombro con el ferviente deseo de que su amor le atravesara la piel y se metiera en su sangre.
Se levantó tras él, planchó su camisa, preparó el café, sacó su traje del placard, esperó que se vistiera, acomodó la traba de su corbata que a diario quedaba torcida, retiró una pelusa gris adherida a su solapa y lo acompañó hasta la puerta, al verlo alejarse tuvo que acomodarse el alma para no dejarla caer.
Volvió sobre sus pasos, los niños aún dormían, estática a su lado rogó en silencio encontrar en ellos la fuerza necesaria para enfrentar el nuevo día.
Metió la sién bajo el grifo para que el agua fría despavilara el poco resto de razón que le quedaba, repitiendo una y otra vez -yo puedo, es sólo un día más y puedo- tratando de autoconvencerse casi inútilmente. Levantó la cabeza y el espejo le devolvió la imagen de un rostro ajado por la angustia y el desamor. En ese mismo instante dejó caer su alma que se estrelló contra el piso destrozada por el sobrepeso. La recogió, como pudo unió sus partes, la ató a su corazón con un delgado hilo de esperanza y salió al ruedo.
El resto lo de siempre, desayuno, almuerzo, escuela, ropa que lavar, mucho ruido...y al anochecer una larga caminata para no esperar su llegada, para no calcular el tiempo dedicado a aquella, para llorar un rato en soledad sin que nadie lo advirtiera.
No supo ella que esa noche ya no volvería, que el corazón no soportaría el peso de su alma atormentada y sucumbiría en el esfuerzo.
No supo ella que al fin había llegado el añorado y triste final de su rutina.
Como todas las mañanas durante casi treinta años le regaló unas caricias con la misma ternura que se le ofrece a una mascota. Ella las recibió con la avidez de siempre, acurrucada sobre su pecho besó su hombro con el ferviente deseo de que su amor le atravesara la piel y se metiera en su sangre.
Se levantó tras él, planchó su camisa, preparó el café, sacó su traje del placard, esperó que se vistiera, acomodó la traba de su corbata que a diario quedaba torcida, retiró una pelusa gris adherida a su solapa y lo acompañó hasta la puerta, al verlo alejarse tuvo que acomodarse el alma para no dejarla caer.
Volvió sobre sus pasos, los niños aún dormían, estática a su lado rogó en silencio encontrar en ellos la fuerza necesaria para enfrentar el nuevo día.
Metió la sién bajo el grifo para que el agua fría despavilara el poco resto de razón que le quedaba, repitiendo una y otra vez -yo puedo, es sólo un día más y puedo- tratando de autoconvencerse casi inútilmente. Levantó la cabeza y el espejo le devolvió la imagen de un rostro ajado por la angustia y el desamor. En ese mismo instante dejó caer su alma que se estrelló contra el piso destrozada por el sobrepeso. La recogió, como pudo unió sus partes, la ató a su corazón con un delgado hilo de esperanza y salió al ruedo.
El resto lo de siempre, desayuno, almuerzo, escuela, ropa que lavar, mucho ruido...y al anochecer una larga caminata para no esperar su llegada, para no calcular el tiempo dedicado a aquella, para llorar un rato en soledad sin que nadie lo advirtiera.
No supo ella que esa noche ya no volvería, que el corazón no soportaría el peso de su alma atormentada y sucumbiría en el esfuerzo.
No supo ella que al fin había llegado el añorado y triste final de su rutina.
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