Évano
Libre, sin dioses.
Saben,
saben que somos gilipollas.
Las noticias hablan de una estrella
a ciento cincuenta millones de años luz.
Hablan de la probable existencia de otra Tierra.
El hombre tarda ocho días en ir a la Luna;
la luz tarda un segundo.
Para no cansar con números diré
que con tal proporción tardaríamos,
más o menos,
¡qué más da!,
dos millones de años en arribar a ella.
La evolución humana desde que éramos monos.
Saben,
saben que somos gilipollas,
creyentes de viajes al pasado,
de saltos en el tiempo,
de agujeros negros tan lejanos como la estrella;
Nos saben creyentes de viajes a velocidades imposibles,
velocidades que requieren enormes aumentos de energía
por cada aumento diminuto de prisa.
Saben,
saben que somos gilipollas.
Nos animan a superar al vecino,
a Italia, a Francia, a Alemania, a estados unidos.
Nos animan a ser más que el de al lado,
a tener más que nadie
cuando deberíamos repartir las riquezas;
no abandonar a familias debajo de un puente
ni saltar por encima de aquel que duerme en el cajero de un banco
junto a una botella de vino de tetrabrik;
cuando deberíamos no cerrar los ojos ante el joven que vaga
con un papel de plata y polvo de coca y heroína;
cuando no deberíamos dejar que aplasten a ningún humano
tan solo
por su debilidad.
Saben,
saben que somos gilipollas
y no nos hablan de serenidad,
de que no hay más miedo que el que uno acepta;
de la importancia del decoro interior,
de crecer y conocer a nuestros adentros,
almas tan grandes como el universo
pero tan accesibles como el aprender
que los ojos se deben abrir también
en la oscuridad de nosotros mismos.
Saben,
saben que somos gilipollas
y no hablan del canibalismo humano,
de lo atroz de comer animales
tan vivos,
tan débiles.
No muestran cómo apestamos a este mundo a todas horas,
a esta tierra,
a estos mares,
a estos cielos
con toda clase de gases,
de productos puercos y nocivos.
No nos gritan el respeto necesario
a cuanta especie nos acompaña
en un viaje que solo así tiene sentido;
No nos hacen ver que los dioses somos nosotros,
los elegidos para preservar este Olimpo.
Saben,
saben que somos gilipollas.
Pero ellos son,
aunque parezca increíble,
más gilipollas.
¿Quién seguiría hacia la Nada
sabiendo que,
efectivamente,
va hacia la Nada?
¿Quién calla cuando sabe que el golpe final
también es para él?
¿Quién si no el gilipollas más grande de este universo?
Yo lo escribo una vez más,
lo vuelvo a divulgar con otras letras,
porque soy uno de los asomados a la ventanilla
mientras oye,
mientras ve
cómo se destroza la nave por tener
un poco más
que el navegante de al lado.
saben que somos gilipollas.
Las noticias hablan de una estrella
a ciento cincuenta millones de años luz.
Hablan de la probable existencia de otra Tierra.
El hombre tarda ocho días en ir a la Luna;
la luz tarda un segundo.
Para no cansar con números diré
que con tal proporción tardaríamos,
más o menos,
¡qué más da!,
dos millones de años en arribar a ella.
La evolución humana desde que éramos monos.
Saben,
saben que somos gilipollas,
creyentes de viajes al pasado,
de saltos en el tiempo,
de agujeros negros tan lejanos como la estrella;
Nos saben creyentes de viajes a velocidades imposibles,
velocidades que requieren enormes aumentos de energía
por cada aumento diminuto de prisa.
Saben,
saben que somos gilipollas.
Nos animan a superar al vecino,
a Italia, a Francia, a Alemania, a estados unidos.
Nos animan a ser más que el de al lado,
a tener más que nadie
cuando deberíamos repartir las riquezas;
no abandonar a familias debajo de un puente
ni saltar por encima de aquel que duerme en el cajero de un banco
junto a una botella de vino de tetrabrik;
cuando deberíamos no cerrar los ojos ante el joven que vaga
con un papel de plata y polvo de coca y heroína;
cuando no deberíamos dejar que aplasten a ningún humano
tan solo
por su debilidad.
Saben,
saben que somos gilipollas
y no nos hablan de serenidad,
de que no hay más miedo que el que uno acepta;
de la importancia del decoro interior,
de crecer y conocer a nuestros adentros,
almas tan grandes como el universo
pero tan accesibles como el aprender
que los ojos se deben abrir también
en la oscuridad de nosotros mismos.
Saben,
saben que somos gilipollas
y no hablan del canibalismo humano,
de lo atroz de comer animales
tan vivos,
tan débiles.
No muestran cómo apestamos a este mundo a todas horas,
a esta tierra,
a estos mares,
a estos cielos
con toda clase de gases,
de productos puercos y nocivos.
No nos gritan el respeto necesario
a cuanta especie nos acompaña
en un viaje que solo así tiene sentido;
No nos hacen ver que los dioses somos nosotros,
los elegidos para preservar este Olimpo.
Saben,
saben que somos gilipollas.
Pero ellos son,
aunque parezca increíble,
más gilipollas.
¿Quién seguiría hacia la Nada
sabiendo que,
efectivamente,
va hacia la Nada?
¿Quién calla cuando sabe que el golpe final
también es para él?
¿Quién si no el gilipollas más grande de este universo?
Yo lo escribo una vez más,
lo vuelvo a divulgar con otras letras,
porque soy uno de los asomados a la ventanilla
mientras oye,
mientras ve
cómo se destroza la nave por tener
un poco más
que el navegante de al lado.
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