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Saber que no me estoy vendiendo.

lapoesiaataca

Poeta recién llegado
Escribir
ahora por un tiempo,
de mares
y veleros,
de pasos
en la alta noche,
de grillos,
de perros,
de una terrible soledad.
Y no me estoy vendiendo.
No compraran
a mi canto,
ni con halagó,
ni con moneda,
ni con otro apremio,
ni con otro premio.
Ni con otro grito,
ni otra bandera
ni la sangre derramada
en cualquier mañana…
por lo que digo.
Y digo.
Esta mañana
y aquella ventana,
el sol,
la hoja,
el árbol,
el pájaro,
el grito,
el amor herido
de muerte
a las tres de la mañana,
y unos pasos que se alejan,
y el amor herido
grave
a las ocho y media
de otra mañana
y unos pasos
que se alejan.
Se van
se retiran,
vuelven,
combaten,
chocan contra el dique
de lo vivido,
gritan,
bostezan,
caen,
murmuran,
abrazan
y gozan
y gritan tu nombre
a cualquier hora.
Y se que no me estoy vendiendo.
Y no podras
comprar
lo que no te di.
No hay
suficiente dinero.
Y un brillo en los ojos,
un paso,
tu tacón inquieto
en la esquina,
y en los labios
el gusto
de mi piel.
Un aroma,
un tú aroma,
un sabor,
una piel,
mi mano,
el espacio
que busca
tu rosa
de los vientos
para seguir buscando.
El vientre,
un viento
brutal,
de la cintura,
trepa vientre arriba,
se aferra,
se trepa más,
se bambolea,
se toma
con sus manos
de alientos
y vida,
a esa línea
en tu vientre
marrón,
plena,
mía,
tallada
a beso y caricia
trabajosamente mía.
Ulula,
sopla,
entre tu seno,
se convierte
en aliento,
en mi aliento,
en pezón,
en marrón,
en beso,
en unos pasos a las dos de la tarde
y el amor
estaba herido
de muerte.
Y aun así
no podrías
comprar
ni mi dolor,
ni el próximo
grito,
ni mi amor,
ni el próximo dolor,
ni el canto,
ni el verso,
ni el beso,
que yo dibuje
en el aire
inmenso de tu labio.
Un labio,
otro,
un beso,
una lagrima
partiendo tu mejilla,
un suspiro,
la música
alta
te busca
el alma,
te busca
el sexo,
el pie
y la media,
el mantel
soñando
un domingo
y un buen día
señora,
y un buen día
señor
de todos los días,
y el encontrar
y el encontrarme
y mis brazos,
en tus brazos,
un abrazo.
Y el amor moribundo
a las seis de la tarde
te nombro,
hilvano
una mueca
y en la asquerosa
vidriera social
una comedia
gritaba
amor
y odio
y mentira
y fe
y traición,
y sexo.
Y supe de pronto
que no me estaba
vendiendo.
El amor
no podía morir,
ha muerto,
porque no voy a morir,
he muerto
y te has ido,
no estas,
estas entre
otros olores
y brazos
y palabras
y susurros,
y el canto
se rebela.
Se alza
en sus pies
inseguros,
levanto
mi mano,
abrazo el aire,
rompe
el silencio,
el oropel,
el eco
dice amor
y amor el grito.
Y no estas comprando
mi pecho,
ni mi voz,
ni mi hoy,
ni mi ojo,
ni mi lengua,
ni mi dolor,
ni mi placer,
ni mi historia,
ni una mi alma
que nunca tuve,
ni mi próximo abrazo,
no tienes con que.
Digamos
un paso
y otro,
una silueta
que se esconde
en la esquina
más próxima
cuando te busco.
Y la bandera
de tu pelo
libre
en la prisión
de la mano.
Sin broche,
por el aire
libre.
No esta en venta.
No los puedes pagar.
Te lo regalo
con este manojo
de rosas
amarillas
y rojas
y blancas
y negras
con aroma
de mi tiempo.
Que importa ya,
quizás
solo un tiempo.
Angustiante,
perentorio,
terriblemente
injusto,
completamente
mío,
tuyo.
Saber que no me estoy vendiendo.
 
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