Grito.
No canto: grito.
Porque la noche se ha llenado de carne herida.
¿Dónde estás, Dios,
en esta calle que huele a cera y a miedo,
en esta multitud que te mira sin verte?
Te llevan.
Te arrastran los hombres
con sus hombros cansados,
como si el cielo pesara demasiado.
Te busco
en el golpe seco del tambor,
en la respiración rota del penitente,
en la noche que aprieta como un puño.
Pero sólo encuentro
sudor,
miedo,
silencio.
Y, sin embargo, avanzas.
Avanzas,
como si el dolor tuviera un destino.
Y tú,
callado,
clavado en un silencio que duele más que la sangre.
¡Respóndeme!
¿Eres ese cuerpo roto
o este temblor que me quiebra por dentro?
La saeta sube
como un alarido sin garganta,
y se estrella contra tu noche cerrada.
No hay consuelo.
Sólo pasos,
sólo sombra,
sólo este Dios que pasa… y no responde.
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