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Poeta recién llegado
Imagínate esto. Eres un niño de diez años, tu nombre es Julio, tu cabello es lacio, oscuro y
cortado en hongo. Estás en quinto de primaria y hoy es 10 de Mayo. Evidentemente estás por
cantar junto con tus compañeros de clase en el festival del Día de las Madres. No importa qué
canción, supongamos que te la sabes porque la has estado ensayando todo este mes con tu
maestra, una hora después de clases.
Escuchas el discurso que la directora dedica a las madres presentes y no te asomas, como
hacen tus compañeros, a ver a tu mamá por los lados del escenario. No, en lugar de eso estás
viendo la punta boleadita de tus zapatos negros, con las manos metidas en el pantalón azul
turquesa de tu uniforme, encogiendo los hombros. Claro que tienes miedo, si vas a estar cantando
enfrente de tu mamá y de las mamás de todos tus amigos. Pero no es ese miedo lo que te está
haciendo tan calladito, tan metido en tus pensamientos. Si es miedo, pero no ése. Fue algo que
dijo la directora al principio de su discurso. Imagínate esa frase, repetida una y otra vez en tu
cabeza, con esa voz chillona y sonsonetuda.
“Viendo crecer al fruto de su vientre, su más amado tesoro”
Si, ésa. Te hace sentir tan incómodo. Fruto de su Vientre, Amado Tesoro. Palabras que te
dan una vergüenza mezclada con asco.
Digamos que tu mamá te quiere y te chiquea. Que siempre te habla con esa vocecita de
fingida dulzura, añadiendo los «mi rey», «mi vida», «princesito» de costumbre. Hasta ahí, todo
bien ¿No? ¿Y de tu papá qué decir? ¿Cómo decirlo? No está allá al frente. No te has fijado, pero
sabes que no está. No recuerdas haberlo visto en ningún festival antes ¿Por qué éste habría de ser
diferente? Te alivia, de alguna manera, que no esté. ¿Podrías llegar al escenario si estuviera?
¿Podrías cantar con él viéndote, haciéndote recordar con sus ojos?
Mientras los de sexto hacen su bailable, tú te vas acordando de más cosas, el miedo te gana.
Sobre todo con eso de Vientre. ¿Cómo era? “Fruto de su Vientre”. Piensas en el vientre de tu
mamá, que debió estar todo morado la otra mañana, como su cuello y sus brazos, luego de una
noche de gritos y súplicas y lloriqueos. Y tú en tu cama, hecho bolita, escuchando el vozarrón
ebrio de tu padre, rogando porque esta noche no se acuerde de que existes. Porque ay de ti si se
acuerda.
¿Puedes verte como ese niño? ¿Puedes sentir todo lo que siente al recordar la callosa
aspereza que son las manos de su padre, subiendo por sus muslos hasta el suave pliegue bajo sus
nalgas?
Si puedes, imagina que te vas acordando de todo eso y de todo lo demás mientras caminas
hasta el escenario con tus compañeros. Siente como te tiembla el labio inferior, arrugado en un
puchero. Le vas a cantar a tu mami, la que te quiere y no dice nada. La que te mima y no hace
nada ¿Por qué no dices nada mami, si soy tu tesoro?
Con la cara caliente y la mirada borrosa de lágrimas, miras al frente e inhalas. Ya va a
empezar la canción.
cortado en hongo. Estás en quinto de primaria y hoy es 10 de Mayo. Evidentemente estás por
cantar junto con tus compañeros de clase en el festival del Día de las Madres. No importa qué
canción, supongamos que te la sabes porque la has estado ensayando todo este mes con tu
maestra, una hora después de clases.
Escuchas el discurso que la directora dedica a las madres presentes y no te asomas, como
hacen tus compañeros, a ver a tu mamá por los lados del escenario. No, en lugar de eso estás
viendo la punta boleadita de tus zapatos negros, con las manos metidas en el pantalón azul
turquesa de tu uniforme, encogiendo los hombros. Claro que tienes miedo, si vas a estar cantando
enfrente de tu mamá y de las mamás de todos tus amigos. Pero no es ese miedo lo que te está
haciendo tan calladito, tan metido en tus pensamientos. Si es miedo, pero no ése. Fue algo que
dijo la directora al principio de su discurso. Imagínate esa frase, repetida una y otra vez en tu
cabeza, con esa voz chillona y sonsonetuda.
“Viendo crecer al fruto de su vientre, su más amado tesoro”
Si, ésa. Te hace sentir tan incómodo. Fruto de su Vientre, Amado Tesoro. Palabras que te
dan una vergüenza mezclada con asco.
Digamos que tu mamá te quiere y te chiquea. Que siempre te habla con esa vocecita de
fingida dulzura, añadiendo los «mi rey», «mi vida», «princesito» de costumbre. Hasta ahí, todo
bien ¿No? ¿Y de tu papá qué decir? ¿Cómo decirlo? No está allá al frente. No te has fijado, pero
sabes que no está. No recuerdas haberlo visto en ningún festival antes ¿Por qué éste habría de ser
diferente? Te alivia, de alguna manera, que no esté. ¿Podrías llegar al escenario si estuviera?
¿Podrías cantar con él viéndote, haciéndote recordar con sus ojos?
Mientras los de sexto hacen su bailable, tú te vas acordando de más cosas, el miedo te gana.
Sobre todo con eso de Vientre. ¿Cómo era? “Fruto de su Vientre”. Piensas en el vientre de tu
mamá, que debió estar todo morado la otra mañana, como su cuello y sus brazos, luego de una
noche de gritos y súplicas y lloriqueos. Y tú en tu cama, hecho bolita, escuchando el vozarrón
ebrio de tu padre, rogando porque esta noche no se acuerde de que existes. Porque ay de ti si se
acuerda.
¿Puedes verte como ese niño? ¿Puedes sentir todo lo que siente al recordar la callosa
aspereza que son las manos de su padre, subiendo por sus muslos hasta el suave pliegue bajo sus
nalgas?
Si puedes, imagina que te vas acordando de todo eso y de todo lo demás mientras caminas
hasta el escenario con tus compañeros. Siente como te tiembla el labio inferior, arrugado en un
puchero. Le vas a cantar a tu mami, la que te quiere y no dice nada. La que te mima y no hace
nada ¿Por qué no dices nada mami, si soy tu tesoro?
Con la cara caliente y la mirada borrosa de lágrimas, miras al frente e inhalas. Ya va a
empezar la canción.
Dedicado a The Sacred Heart of Jesus, escultura de Damien Hirst.