No calzó nunca en ninguna herradura.
Ni las crines del más brioso corcel
sirviéronle de ataduras.
No tenía chapas de estrellas en su chaquet,
pero siempre apuntó hacia la luna
Mas temblaba como un tonto ante el columpio, que en el dintel,
ella usaba como su montura;
y lloraba el silencio desbordado y cruel
que sentía al apretar noche a noche, su pequeña cintura
Y de pronto, cien imágenes de revés
¡Desatose la locura!
Cuando al columpiarse entre las ramas del árbol de la vida, aquella vez,
pasose a las ramas de los sueños
¡Ah tortura!
Y de sus manos se desprendió-sin querer-
la dulce luz de su amargura
Lloraba la risa desconsolada
y hasta al león, el corazón se le arruga
Yerta sobre la pista está su amada,
su cuerpo no tiene figura
Y en un salto mortal, desgarrada,
su alma atrapaba a la suya