Alberto Niño Martínez
Poeta adicto al portal
Podrido mi corazón blindado
acabo como manzana oxidada
mordida ayer,
con húmedas ideas.
Mis labios intentan besar el fuego,
fuego de cuello dispuesto,
como caspa en cabeza,
como cielo estrellado.
Desafío al amor,
al amor real;
ese que no conoce final,
el que con palabras enamora,
el que roe el metal,
ese que con hechos decepciona.
- ¡Ah!, excitante poesía; cómo duele esta confesión
–Sigo –
Perduro e insisto con desfachatez
en oler la belleza de lo complejo,
esa que constantemente muere,
incinerada en cuerpo de dama,
en piernas de tijeras,
en cuerpo de hembra.
Me abandono a la infinita mirada
de lo que parece importante,
pero me incómoda la pasajera experiencia,
por sobre el tedio de la rutina de lavar mi corbata.
-Juego –vivo- arriesgo –
De mi oreja saco una daga dorada,
la lanzo hacia tu lápida,
no doy al blanco.
Insulto al mundo y
con la misma me cortó la oreja.
Mis labios morirán intentando besar el fuego,
jamás incinerados, traficando antioxidantes y
oliendo entre tus piernas.
- Cómo duele esta confesión –
Soy la salvaje madre de Cupido,
la que por teta
hizo llegar explicaciones de los gases emanados
cuando la fiesta había terminado
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acabo como manzana oxidada
mordida ayer,
con húmedas ideas.
Mis labios intentan besar el fuego,
fuego de cuello dispuesto,
como caspa en cabeza,
como cielo estrellado.
Desafío al amor,
al amor real;
ese que no conoce final,
el que con palabras enamora,
el que roe el metal,
ese que con hechos decepciona.
- ¡Ah!, excitante poesía; cómo duele esta confesión
–Sigo –
Perduro e insisto con desfachatez
en oler la belleza de lo complejo,
esa que constantemente muere,
incinerada en cuerpo de dama,
en piernas de tijeras,
en cuerpo de hembra.
Me abandono a la infinita mirada
de lo que parece importante,
pero me incómoda la pasajera experiencia,
por sobre el tedio de la rutina de lavar mi corbata.
-Juego –vivo- arriesgo –
De mi oreja saco una daga dorada,
la lanzo hacia tu lápida,
no doy al blanco.
Insulto al mundo y
con la misma me cortó la oreja.
Mis labios morirán intentando besar el fuego,
jamás incinerados, traficando antioxidantes y
oliendo entre tus piernas.
- Cómo duele esta confesión –
Soy la salvaje madre de Cupido,
la que por teta
hizo llegar explicaciones de los gases emanados
cuando la fiesta había terminado
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