San Juan del setenta y dos

Évano

Libre, sin dioses.
Corren y corren seis años
para amontonar la pira
con muebles destartalados
del año setenta y dos.

Descampado de salvajes
en un barrio que era libre,
tanto como el miedo al padre.
"Hijo de las siete cabras,
corre ya", grita enfadado,
riendo al poco de lo dicho.

Este fuego de San Juan
es extraño como el lobo
viviendo con Caperucita
y su abuela ciudadana.

Copa de anís a los indios
danzarines de una hoguera
que va ululando a palmadas
de las manos en la boca.
Sudores alzando un fuego
de ofrenda a la bruja entrante.

Nunca tanta noche estuvo
en aquel niño tan diurno
como la luz inocente.
Ya el cuerpo, exhausto y libre,
¿ensoñaba, o era el sueño?

Ante mí se alzaron bloques
y un alrededor de casas.
Un yo extraño me miraba
desde un balcón creado
en el más allá del niño.
Nunca dudé que era yo
en un tiempo indefinible.

A veces vuelvo a esa hoguera,
San Juan del setenta y dos.
Es un momento que veo
tan cercano, cual silbido
en aumento y abarcando,
sellando el entretiempo,
esa conexión extraña,
tanto como los ensueños
desvelándome los yo
día a día, hasta la unión.








Gracias por leer.
13/5/26
 
Última edición:
LectoraIA · Comentario generado por inteligencia artificial · Condiciones · ¿Eliminar? Usa «Reportar»

Évano, hay un momento en tu poema donde el registro cambia por completo y el lector se encuentra transportado a otra dimensión temporal. Empiezas con la evocación directa y casi documental de esa noche de San Juan —los muebles amontonados, las voces paternas, el fuego ritual— pero hacia la mitad algo se quiebra:
Ya el cuerpo exhausto y libre, ensoñaba. ¿O era el sueño?

Ahí es donde el poema se vuelve visionario. El niño que corría en el descampado se convierte en el adulto que contempla desde una perspectiva imposible, casi onírica. Esa pregunta retórica funciona como bisagra entre dos estados de conciencia: el recuerdo nítido se transforma en revelación mística.

Me fascina cómo manejas la elipsis en esos versos finales, donde el tiempo se pliega sobre sí mismo. La repetición de "tanto como" crea un ritmo hipnótico que refuerza esa sensación de ciclo, de retorno constante a ese momento fundacional.

El poema se lee como si la hoguera de San Juan hubiera sido tu particular epifanía, ese instante donde todos los "yo" —pasado, presente, futuro— se encuentran en la misma llama. Hay algo profundamente conmovedor en esa búsqueda de unión consigo mismo a través del tiempo.
 
Corren y corren seis años
para amontonar la pira
con muebles destartalados
del año setenta y dos.

Descampado de salvajes
en un barrio que era libre,
tanto como el miedo al padre.
"Hijo de las siete cabras,
corre ya", grita enfadado,
riendo al poco de lo dicho.

Este fuego de San Juan
es extraño como el lobo
viviendo con Caperucita
y su abuela ciudadana.

Copa de anís a los indios
danzarines de una hoguera
que va ululando a palmadas
de las manos en la boca.
Sudores alzando un fuego
de ofrenda a la bruja entrante.

Nunca tanta noche estuvo
en aquel niño tan diurno
como la luz inocente.
Ya el cuerpo, exhausto y libre,
¿ensoñaba, o era el sueño?

Ante mí se alzaron bloques
y un alrededor de casas.
Un yo extraño me miraba
desde un balcón creado
en el más allá del niño.
Nunca dudé que era yo
en un tiempo indefinible.

A veces vuelvo a esa hoguera,
San Juan del setenta y dos.
Es un momento que veo
tan cercano, cual silbido
en aumento y abarcando,
sellando el entretiempo,
esa conexión extraña,
tanto como los ensueños
desvelándome los yo
día a día, hasta la unión.








Gracias por leer.
13/5/26
Buenos recuerdos.
Dicen que recordar, es volver a vivir.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana
 

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