Nikusha
Poeta que considera el portal su segunda casa
La vida de Sandra era ajetreada. Vivía en una gran ciudad a orillas del mar. Una ciudad donde cada rincón era efervescente. La muchacha estaba recién levantada. Vestía un camisón transparente y unas diminutas bragas. El exquisito silencio que reinaba en el apartamento fue enturbiado por el ruido del teléfono. Una extraña llamada. Al otro lado, un hombre de voz ronca y fría dijo que la conocía y que desde hacía tiempo la quería. Sandra al principio no le dio demasiada importancia al hecho y con ironía le respondió:
-¿Es qué acaso me ha salido un romántico admirador secreto? Dime listillo, ¿qué llevo ahora mismo puesto?
Hubo una larga pausa. Por fin, la voz ronca y fría rompió aquella espesa pausa.
-Camisón transparente y diminutas bragas, arriba no llevas nada.
La chica colgó el teléfono. Una extraña sensación recorrió su cuerpo. No podía soportar la idea de sentirse observada, de sentirse vigilada. Aquel no era un lugar seguro. Tenía miedo. Se vistió a toda prisa. Cogió una bolsa y metió algo de ropa, alcohol y cigarrillos. Revisó el bolso. Llaves, teléfono, cartera, ¡ah, las pastillas!
Salió a la calle. Al poco rato se percató de que un hombre de mirada aviesa y raro estalaje la seguía. "Rápido", se dijo, "piensa, Sandra piensa". Entonces se le ocurrió una idea. No tenía la certeza de que funcionara, pero al menos, era una idea. Con decisión y valentía la muchacha se dio la vuelta y a menos de dos pasos del extraño individuo lo miró fijamente a los ojos y con toda la fuerza que le pudo transmitir, le preguntó:
-Perdone caballero, ¿fuma? Necesito un cigarrillo.
El hombre no abrió la boca. Metió la mano en el bolsillo del pantalón y durante un eterno momento Sandra tembló. Por fin, vio aparecer la roja cajetilla salir de aquel maldito bolsillo.
El siniestro individuo la abrió lentamente y le ofreció uno a Sandra sin dejar de mirarla fijamente, escudriñándola. Ésta sin pensarlo lo cogió. "Por esta vez he tenido suerte", pensó. La muchacha con cierta chulería se encendió aquel pitillo.
Te invito a mi casa -dijo él.
La chica tembló de miedo, pero para salir de ésta no podía dejarse arrastrar por el pánico. Tenía que controlar la situación.
-Mejor te invito yo. ¿Te apetece tomar una copa? Conozco un pub cercano -dijo ella con tremenda rapidez y el hombre con una sonrisa, aceptó.
El corto camino al pub lo recorrieron en completo silencio. Entraron y se sentaron en la barra. Pidieron una copa. Él un whisky doble, ella un gin-tonic y un trago de tequila. Sandra necesitaba algo bien fuerte para superar la grotesca situación. Se lo llevó a su terreno con maestría. No era la primera vez que alguien la perseguía. Al primer trago directamente preguntó sonriendo:
-¿Cómo te llamas misterioso desconocido?
-Andrés -contestó él.
-Bueno Andrés quiero que me escuches bien. Te contaré una historia sobre mí que tú no sabes. No te lo tomes a mal pero tenemos un problema amigo. Grábatelo bien en la cabeza. Me gusta demasiado la libertad, no me gusta que me espíen, no me gusta que me sigan. Andrés creo que estoy siendo comprensiva. No te has portado bien. Lo sabes.
Sandra acabó de fulminarlo con una directa y agresiva mirada. El hombre titubeó ante una respuesta que no esperaba. No había miedo en ella. No era una gatita indefensa sino más bien una fiera leona. ¿Quizás se había confundido de presa? Divagando en sus pensamientos se mantuvo un largo rato e interrumpió inesperadamente su pausa.
-Sandra, no pretendo asustarte, solo desearte.
-¿Quién ha dicho que tú me asuste? ¿Por qué he de tenerte miedo, Andrés? ¿Es qué quieres hacerme cositas malas? - Dijo ella soltando una carcajada.
"Menuda fiera", pensó el tipo.
-Para nada. No quiero hacerte daño, sólo cosas bonitas. Bella muchacha, ¿quieres qué seamos amigos? -le respondió marcando una mueca malévola en sus labios.
-¿Amiga yo de un hombre, que desde cerca me observa sin permiso? Que no juega nada limpio porque su autoestima es tan insignificante que no se lo permite. No sé…No sé, mi querido Andrés.
El hombre no daba crédito, estaba perplejo ante la actitud inamovible de la muchacha. Esos ojos lo tenían totalmente hechizado, sentía como lo traspasaban capa a capa hasta llegar a lo más escondido y vulnerable de su triste alma. El ambiente poco a poco comenzó a relajarse. Sandra sonreía con picardía.
-¡Amigo ahora no te pongas tímido, estás tenso! -dijo dándole unos leves toquecitos en el hombro.
Cogió el bolso, pagó la cuenta y lo miró de nuevo fijamente.
-Cambiaré las cortinas de mi casa. Las pondré muy oscuras, ¡mejor, las pondré negras para que no puedas mirar a través de ellas! -exclamó con voz firme, y susurrándole al oído por último le dijo:
-Aquí acabó todo.
Sandra tomó el último trago apurando bien el vaso. Lo dejó de un golpe seco en la barra y con tremenda decisión salió por la puerta del pub.
De Andrés nunca más se supo.
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