Mis padres perdieron un bebé antes de nacer yo;
así que mi madre siempre me tuvo muy protegido...
mi padre era otra historia.
Él me dejaba en el coche durante largo rato
cuando me tenía que cuidar,
y era muy autoritario,
por lo que me pasé gran parte de mi infancia encerrado,
bastante reprimido
y sin la posibilidad de hacer esas locuras que se esperan
de un crío de 10 o 11 años.
De manera
que cuando
mi padre se esfumo
tras el divorcio
a los 17,
gané toda la libertad que jamás pudiera creer
que existiera.
Empecé a vagar por los bosques que rodeaban la zona en la que vivía.
Acabé aprendiendo cada pendiente,
cada charca con ranas,
o el lugar que cobijaba alguna colmena o una madriguera.
Les iba poniendo nombres a todos los sitios,
como Áureas Copas para una explanada
llena de Retama Negra de más de dos metros;
La Presa para los cimientos de una casa
donde habitaba una familia de ranas;
anclada la casa entre
un campo de cicuta
y un denso pinar;
los Muros de la Yedra para una pared
de unos diez metros verde por la yedra
y
el Portón de Hella
para un viejo túnel escondido
justo a los pies del Muro de la Yedra.
Aquel lugar estaba inundado hasta las rodillas
por culpa de las raíces que se filtraban en el techo
y gota a gota lo habían ido llenando con los años.
A penas podías entrar agachado. Debía medir cerca de 1'30.
Y estaba lleno de arañas, grillos y en verano, mosquitos.
Al principio fui solo,
pero para año y medio más tarde,
solía ir con un par de amigos,
día tras día.
Había temporadas en las que repetíamos tanto
alguna ruta
que decidíamos no volver a ir en un tiempo
porque dejábamos el suelo marcado
y de ninguna manera
queríamos compartir nuestros lugares,
ni que fuera de forma indirecta,
con la pista de la inexistencia.
Así que durante una temporada, fuimos al Portón de Hella
a "investigar"
(o todo lo que puede investigar un chaval de 18 años).
Al principio creímos
que se trataba de un refugio de la Guerra Civil;
pero lo vimos imposible;
lo más probable es que fuera una mina romana.
Luego hicimos planes para construir una bomba de agua manual
para vaciar aquel lugar
o intentar sacar las piedras que habían imposibilitado
uno de los túneles internos.
Nada funcionó.
Y nunca supimos
si aquel lugar llevaba a alguna parte
o como de hondo era.
Pero íbamos igualmente.
Nadie podía ir hasta allí
salvo nosotros, que conocíamos
el camino secreto.
Era silencio puro.
Y el tiempo no pasaba.
Todo lo que no hiciera a los 10 años:
saltar por tejados,
joderme las rodillas,
jugar en un río,
todo...
lo estaba haciendo entonces,
y a mi madre la tenía aterrada
cuando volvía con los brazos
llenos de heridas de pelearme con las zarzas
o los pantalones rajados hasta las rodillas.
Una vez llegué con media cara roja al caer por culpa de una zarzaparrilla.
Así que sencillamente,
deje de contarle a mi madre nuestras aventuras.
Ella no vivía mejor, pero lo prefería así;
no intentaba pararme;
creía que ya era imposible.
Para entonces, nos solíamos autoconvencer
(nunca sabré exactamente para qué)
de que la juventud se pierde
cuando uno quiere admitir que la ha perdido.
Nos bastaba con éso.
-
Así que un día fuimos hacia el Portón de Hella,
andando por el estrecho paso
de un camino de 30 centímetros de ancho,
rodeado por unos densos matorrales que no dejaban otra posibildad,
allá en lo alto,
en el extremo del acantilado del Muro de la Yedra.
Pues por ahí, había unas rocas desprendidas
que usábamos como escalones hasta los túneles;
era el único camino.
Iba con Alex y Debora,
era nítido agosto.
Eran las cinco de la tarde
y el sol se filtraba con dificultades por los densos ramajes.
Hacía tres días que había llovido,
unas hojas podridas me hicieron resbalara
y caí al borde.
Alex y Debora me intentaron agarrar,
pero no llegaron a tiempo.
Yo caí los diez metros de un plumazo.
Y hubiera muerto de no ser por un pino lleno
de zarzaparrilla y yedra.
Me rompí un brazo en la caída y varias costillas.
Caí redondo
y estuve a punto de perder el brazo.
Mis amigos salieron corriendo
con el miedo galopandoles por las venas en lugar de sangre.
No lo recuerdo muy bien.
Llamaron a emergencias;
fue un engorro:
entre los dos me tuvieron que llevar hasta un camino
minimamente accesible.
Dos semanas después todavía dudaban si recuperaría el uso del brazo,
era terrible.
Pasaron dos meses,
me sacaron el arnés y la escayola.
Mi madre no me dejaba,
ni un segundo,
pero cuando se iba a trabajar,
volvíamos al Muro de la Yedra.
Pensé que al volver,
me aterraría aquel lugar,
que me desmayaría o algo así.
Me puse muy nervioso mientras andábamos en fila india
por entre los árboles;
pero no me desmayé,
no hubo miedo.
No hubo nada.
Solo hubo paz.
Una inmensa, poderosa e inigualable paz.
-quizás gratitud- (jamás lo sabré)
Y las dos semanas que siguieron
Fueron un tanto agobiantes:
cuidado aquí, no resbales, agárrate bien...
¡ni que fuera una jodida octogenaria!
Me contaron que habían rebautizado la entrada al túnel;
ahora lo llamaban "la Sangre del Vértigo"...
y en el suelo de piedra todavía estaba pegada mi sangre.
Aquel lugar pasó a ser mi alma.
Como un brutal enemigo sin el que no pudieras existir.
Iba allí a ver los atardeceres,
iba a estar solo,
a sentir qué era el fuego de la vida;
en los escalones que bajaban al Portón
hacíamos hogueras en las noches solitarias.
Llegué a pedirle para salir a una chica en aquel lugar.
Comprendí, en cierta manera,
que toda aquella sangre fue un sacrificio,
una ofrenda.
Como intentar escalar un árbol
y acabar con los antebrazos rasgados
por mil lugares;
era algo necesario,
incluso gratificante.
Era la marca del esfuerzo,
una reverencia al bosque
que debía llevarse a cabo.
Y a mi madre la llevaba loca.
Me pidió que le jurara
que no volvería a hacer aquellas cosas,
que no volvería a esos lugares,
pero no pude jurárselo.
Era mi vida.
Sencillamente callé.
Nunca paré de hacer aquellas cosas
ni de visitar esos lugares.
Y desde aquel momento,
desde la caída,
le di gracias a la providencia
por no haberme dejado hacer
nada
durante 17 años,
porque de no ser por eso,
nunca hubiera caído,
nunca me hubiera sentido tan vivo.
Como despertar de un largo letargo
en el cual, sin embargo,
jamás hubiera llegado a hundirme.
así que mi madre siempre me tuvo muy protegido...
mi padre era otra historia.
Él me dejaba en el coche durante largo rato
cuando me tenía que cuidar,
y era muy autoritario,
por lo que me pasé gran parte de mi infancia encerrado,
bastante reprimido
y sin la posibilidad de hacer esas locuras que se esperan
de un crío de 10 o 11 años.
De manera
que cuando
mi padre se esfumo
tras el divorcio
a los 17,
gané toda la libertad que jamás pudiera creer
que existiera.
Empecé a vagar por los bosques que rodeaban la zona en la que vivía.
Acabé aprendiendo cada pendiente,
cada charca con ranas,
o el lugar que cobijaba alguna colmena o una madriguera.
Les iba poniendo nombres a todos los sitios,
como Áureas Copas para una explanada
llena de Retama Negra de más de dos metros;
La Presa para los cimientos de una casa
donde habitaba una familia de ranas;
anclada la casa entre
un campo de cicuta
y un denso pinar;
los Muros de la Yedra para una pared
de unos diez metros verde por la yedra
y
el Portón de Hella
para un viejo túnel escondido
justo a los pies del Muro de la Yedra.
Aquel lugar estaba inundado hasta las rodillas
por culpa de las raíces que se filtraban en el techo
y gota a gota lo habían ido llenando con los años.
A penas podías entrar agachado. Debía medir cerca de 1'30.
Y estaba lleno de arañas, grillos y en verano, mosquitos.
Al principio fui solo,
pero para año y medio más tarde,
solía ir con un par de amigos,
día tras día.
Había temporadas en las que repetíamos tanto
alguna ruta
que decidíamos no volver a ir en un tiempo
porque dejábamos el suelo marcado
y de ninguna manera
queríamos compartir nuestros lugares,
ni que fuera de forma indirecta,
con la pista de la inexistencia.
Así que durante una temporada, fuimos al Portón de Hella
a "investigar"
(o todo lo que puede investigar un chaval de 18 años).
Al principio creímos
que se trataba de un refugio de la Guerra Civil;
pero lo vimos imposible;
lo más probable es que fuera una mina romana.
Luego hicimos planes para construir una bomba de agua manual
para vaciar aquel lugar
o intentar sacar las piedras que habían imposibilitado
uno de los túneles internos.
Nada funcionó.
Y nunca supimos
si aquel lugar llevaba a alguna parte
o como de hondo era.
Pero íbamos igualmente.
Nadie podía ir hasta allí
salvo nosotros, que conocíamos
el camino secreto.
Era silencio puro.
Y el tiempo no pasaba.
Todo lo que no hiciera a los 10 años:
saltar por tejados,
joderme las rodillas,
jugar en un río,
todo...
lo estaba haciendo entonces,
y a mi madre la tenía aterrada
cuando volvía con los brazos
llenos de heridas de pelearme con las zarzas
o los pantalones rajados hasta las rodillas.
Una vez llegué con media cara roja al caer por culpa de una zarzaparrilla.
Así que sencillamente,
deje de contarle a mi madre nuestras aventuras.
Ella no vivía mejor, pero lo prefería así;
no intentaba pararme;
creía que ya era imposible.
Para entonces, nos solíamos autoconvencer
(nunca sabré exactamente para qué)
de que la juventud se pierde
cuando uno quiere admitir que la ha perdido.
Nos bastaba con éso.
-
Así que un día fuimos hacia el Portón de Hella,
andando por el estrecho paso
de un camino de 30 centímetros de ancho,
rodeado por unos densos matorrales que no dejaban otra posibildad,
allá en lo alto,
en el extremo del acantilado del Muro de la Yedra.
Pues por ahí, había unas rocas desprendidas
que usábamos como escalones hasta los túneles;
era el único camino.
Iba con Alex y Debora,
era nítido agosto.
Eran las cinco de la tarde
y el sol se filtraba con dificultades por los densos ramajes.
Hacía tres días que había llovido,
unas hojas podridas me hicieron resbalara
y caí al borde.
Alex y Debora me intentaron agarrar,
pero no llegaron a tiempo.
Yo caí los diez metros de un plumazo.
Y hubiera muerto de no ser por un pino lleno
de zarzaparrilla y yedra.
Me rompí un brazo en la caída y varias costillas.
Caí redondo
y estuve a punto de perder el brazo.
Mis amigos salieron corriendo
con el miedo galopandoles por las venas en lugar de sangre.
No lo recuerdo muy bien.
Llamaron a emergencias;
fue un engorro:
entre los dos me tuvieron que llevar hasta un camino
minimamente accesible.
Dos semanas después todavía dudaban si recuperaría el uso del brazo,
era terrible.
Pasaron dos meses,
me sacaron el arnés y la escayola.
Mi madre no me dejaba,
ni un segundo,
pero cuando se iba a trabajar,
volvíamos al Muro de la Yedra.
Pensé que al volver,
me aterraría aquel lugar,
que me desmayaría o algo así.
Me puse muy nervioso mientras andábamos en fila india
por entre los árboles;
pero no me desmayé,
no hubo miedo.
No hubo nada.
Solo hubo paz.
Una inmensa, poderosa e inigualable paz.
-quizás gratitud- (jamás lo sabré)
Y las dos semanas que siguieron
Fueron un tanto agobiantes:
cuidado aquí, no resbales, agárrate bien...
¡ni que fuera una jodida octogenaria!
Me contaron que habían rebautizado la entrada al túnel;
ahora lo llamaban "la Sangre del Vértigo"...
y en el suelo de piedra todavía estaba pegada mi sangre.
Aquel lugar pasó a ser mi alma.
Como un brutal enemigo sin el que no pudieras existir.
Iba allí a ver los atardeceres,
iba a estar solo,
a sentir qué era el fuego de la vida;
en los escalones que bajaban al Portón
hacíamos hogueras en las noches solitarias.
Llegué a pedirle para salir a una chica en aquel lugar.
Comprendí, en cierta manera,
que toda aquella sangre fue un sacrificio,
una ofrenda.
Como intentar escalar un árbol
y acabar con los antebrazos rasgados
por mil lugares;
era algo necesario,
incluso gratificante.
Era la marca del esfuerzo,
una reverencia al bosque
que debía llevarse a cabo.
Y a mi madre la llevaba loca.
Me pidió que le jurara
que no volvería a hacer aquellas cosas,
que no volvería a esos lugares,
pero no pude jurárselo.
Era mi vida.
Sencillamente callé.
Nunca paré de hacer aquellas cosas
ni de visitar esos lugares.
Y desde aquel momento,
desde la caída,
le di gracias a la providencia
por no haberme dejado hacer
nada
durante 17 años,
porque de no ser por eso,
nunca hubiera caído,
nunca me hubiera sentido tan vivo.
Como despertar de un largo letargo
en el cual, sin embargo,
jamás hubiera llegado a hundirme.