kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
SANGRE
Por lo que cuentan en las redes sociales
el humano ha sido superado definitivamente por las IA.
Lo aprende todo, dicen, desde cero,
en lo que tarda un humano en gritar «¡cien!».
Y ahora ya con la computación cuántica,
¡olvídate!, el humano debe retirarse a un lado
y agachar la cerviz al paso de nuestro dominante,
justo e infalible monarca de silicio.
Y al parecer, por lo que cuentan… por ahí
este manojo de cables es tremendamente inteligente.
Por ejemplo, es muy probable que el nuevo rey del mambo
te sugiera, con su proverbial lucidez, que lo canonices
porque al estar técnicamente muerto
no infringiríamos los dogmas de la iglesia católica.
Que sí, que estos del IA aprenden a jugar al ajedrez
a toda hostia y son campeones del mundo de Go en 5 minutos;
de hecho, cada 5 minutos se proclama un nuevo campeón.
Lo que dudo es que salgan a celebrarlo con los amigos
y se beban un océano de cerveza, para terminar
a la seis de la mañana abrazados en una calleja de Malasaña
bajo el auspicio sideral de Júpiter
mientras rugen las persianas de los bares
anunciando un nuevo día.
Que sí, que escriben —más bien juntan— palabras como dios.
Las juntan, ¡pero no las sienten! La matemática estadística
y el colapso en cascada de la máxima probabilidad
no tienen nada que ver con el derrumbe existencial provocado
por una lágrima que se fue cultivando en tu pellejo durante años.
Y que quede claro que mi estremecimiento
ante un poema magistral de los genios silicio
no blanqueará jamás el hecho incontestable
de que el genio no sintió una mierda cuando lo escribió.
Como dice una amiga mía, estos transistores 2.0
no son más que una panda de psicópatas.
Creo que el lector tiene derecho a conocer el alimento
que digiere su alma. Tiene derecho a saber
si los versos que tratan acerca de una niña de quince años
que está sujeta a la baranda de un puente
una madrugada lluviosa de domingo
a punto de estrenar el vacío del valle con su cuerpo
no son más que una jodida impostura estadística.
De ser así, no pienso participar
en la falacia indecente de estos versos;
que los lea el padre del bicho.
La verdad es que no soporto este embuste de las IA.
No soporto la moda de estos taumaturgos de medio pelo.
Pero más me vale que envejezca bien este poema
porque si no terminaré —por charlatán—
con mi cuerpo desguazado en paquetitos
para suministro de las piezas orgánicas de los cíborgs.
¡¡No te lo pierdas!!, mientras escribo estas líneas,
entre canción y canción de mi querido Rafael Berrio,
los cabrones del youtube me han colado
una publicidad acerca de «Los asombrosos retos de la IA»,
¡¡no me jodas!!, lo sabía: ¡esta panda de hijos de puta
nos espía!, ¡lo sabe todo de nosotros!
Pero bueno, a lo que iba, que sí, que son los putos amos.
Resulta increíble cómo le resuelven los problemas
acerca de las directrices éticas aplicables a las IA
a un universitario que está estudiando
para ser un experto en las directrices éticas aplicables a las IA.
En fin…, ya basta.
Y, por favor, disculpadme
por hacer tanta sangre con las IA.
Ahora que lo pienso la frase anterior no tiene mucho sentido
porque estaría humanizando —«hacer sangre»— a los bichos de silicio.
Y ya se sabe que es condición indispensable ser un animal
para constituirse como depositario del tejido de la sangre.
Quizá debería haber dicho «hacer tripas binarias con las IA»; no sé…
Solo sé que la «sangre» podría haberme ahorrado toda esta verborrea.
La sangre…, maldita sea, ese rastro de guirnaldas rojas en la nieve
que deja el corzo atravesado por una bala
antes de postrarse junto al matorral de su niñez.
La sangre del cerdo que chilla entre los dedos del matarife
mientras los paisanos brindan con la sangre de cristo.
Las rosas morenas que llevaba aquel muchacho
en la pechera blanca;
ese grito de sangre universal
derramada en la fosa de Federico.
Sangre de metales silbando en las trincheras.
Pupilas licuadas en dos cordeles blancos. Sangre.
Sangre detenida en las marismas del anciano. Sangre.
Tenemos un delicado pacto de sangre con la vida,
a un solo corte de liquidarnos, en todo momento, para siempre.
¡Pero los genios de silicio no saben lo que es la sangre!,
porque les da igual que los apaguen.
Es cierto que tampoco es que el humano
demuestre mucho apego a la vida
en este mundo repleto de cadáveres de luz azul.
Pero cuando un recién nacido me acerca su mano blanda
y me sujeta el dedo meñique
con la fuerza descomunal de su existencia, entonces
recupero la confianza de que la sangre
vuelva a fluir por el alma
de nuestra especie.
Y todavía me vendrá algún listo rebatiendo
con que siempre se podrá simular
la sangre del robot con algún líquido no newtoniano
del tipo kétchup, mermelada, caramelo masticable o yogur.
Estupendo. Bien por ellos. Pero yo seguiré,
latido a latido,
jugando al ajedrez con mis hijos
y escribiendo poemas
para poder
sobrevivirme en este mundo.
Y así me iré desangrando en este desconcierto absoluto
sintiendo que lo siento todo
con la certeza de que no sé nada
bajo un cosmos que andará reunido
tratando asuntos
Madrid, 25 de febrero de 2023
Por lo que cuentan en las redes sociales
el humano ha sido superado definitivamente por las IA.
Lo aprende todo, dicen, desde cero,
en lo que tarda un humano en gritar «¡cien!».
Y ahora ya con la computación cuántica,
¡olvídate!, el humano debe retirarse a un lado
y agachar la cerviz al paso de nuestro dominante,
justo e infalible monarca de silicio.
Y al parecer, por lo que cuentan… por ahí
este manojo de cables es tremendamente inteligente.
Por ejemplo, es muy probable que el nuevo rey del mambo
te sugiera, con su proverbial lucidez, que lo canonices
porque al estar técnicamente muerto
no infringiríamos los dogmas de la iglesia católica.
Que sí, que estos del IA aprenden a jugar al ajedrez
a toda hostia y son campeones del mundo de Go en 5 minutos;
de hecho, cada 5 minutos se proclama un nuevo campeón.
Lo que dudo es que salgan a celebrarlo con los amigos
y se beban un océano de cerveza, para terminar
a la seis de la mañana abrazados en una calleja de Malasaña
bajo el auspicio sideral de Júpiter
mientras rugen las persianas de los bares
anunciando un nuevo día.
Que sí, que escriben —más bien juntan— palabras como dios.
Las juntan, ¡pero no las sienten! La matemática estadística
y el colapso en cascada de la máxima probabilidad
no tienen nada que ver con el derrumbe existencial provocado
por una lágrima que se fue cultivando en tu pellejo durante años.
Y que quede claro que mi estremecimiento
ante un poema magistral de los genios silicio
no blanqueará jamás el hecho incontestable
de que el genio no sintió una mierda cuando lo escribió.
Como dice una amiga mía, estos transistores 2.0
no son más que una panda de psicópatas.
Creo que el lector tiene derecho a conocer el alimento
que digiere su alma. Tiene derecho a saber
si los versos que tratan acerca de una niña de quince años
que está sujeta a la baranda de un puente
una madrugada lluviosa de domingo
a punto de estrenar el vacío del valle con su cuerpo
no son más que una jodida impostura estadística.
De ser así, no pienso participar
en la falacia indecente de estos versos;
que los lea el padre del bicho.
La verdad es que no soporto este embuste de las IA.
No soporto la moda de estos taumaturgos de medio pelo.
Pero más me vale que envejezca bien este poema
porque si no terminaré —por charlatán—
con mi cuerpo desguazado en paquetitos
para suministro de las piezas orgánicas de los cíborgs.
¡¡No te lo pierdas!!, mientras escribo estas líneas,
entre canción y canción de mi querido Rafael Berrio,
los cabrones del youtube me han colado
una publicidad acerca de «Los asombrosos retos de la IA»,
¡¡no me jodas!!, lo sabía: ¡esta panda de hijos de puta
nos espía!, ¡lo sabe todo de nosotros!
Pero bueno, a lo que iba, que sí, que son los putos amos.
Resulta increíble cómo le resuelven los problemas
acerca de las directrices éticas aplicables a las IA
a un universitario que está estudiando
para ser un experto en las directrices éticas aplicables a las IA.
En fin…, ya basta.
Y, por favor, disculpadme
por hacer tanta sangre con las IA.
Ahora que lo pienso la frase anterior no tiene mucho sentido
porque estaría humanizando —«hacer sangre»— a los bichos de silicio.
Y ya se sabe que es condición indispensable ser un animal
para constituirse como depositario del tejido de la sangre.
Quizá debería haber dicho «hacer tripas binarias con las IA»; no sé…
Solo sé que la «sangre» podría haberme ahorrado toda esta verborrea.
La sangre…, maldita sea, ese rastro de guirnaldas rojas en la nieve
que deja el corzo atravesado por una bala
antes de postrarse junto al matorral de su niñez.
La sangre del cerdo que chilla entre los dedos del matarife
mientras los paisanos brindan con la sangre de cristo.
Las rosas morenas que llevaba aquel muchacho
en la pechera blanca;
ese grito de sangre universal
derramada en la fosa de Federico.
Sangre de metales silbando en las trincheras.
Pupilas licuadas en dos cordeles blancos. Sangre.
Sangre detenida en las marismas del anciano. Sangre.
Tenemos un delicado pacto de sangre con la vida,
a un solo corte de liquidarnos, en todo momento, para siempre.
¡Pero los genios de silicio no saben lo que es la sangre!,
porque les da igual que los apaguen.
Es cierto que tampoco es que el humano
demuestre mucho apego a la vida
en este mundo repleto de cadáveres de luz azul.
Pero cuando un recién nacido me acerca su mano blanda
y me sujeta el dedo meñique
con la fuerza descomunal de su existencia, entonces
recupero la confianza de que la sangre
vuelva a fluir por el alma
de nuestra especie.
Y todavía me vendrá algún listo rebatiendo
con que siempre se podrá simular
la sangre del robot con algún líquido no newtoniano
del tipo kétchup, mermelada, caramelo masticable o yogur.
Estupendo. Bien por ellos. Pero yo seguiré,
latido a latido,
jugando al ajedrez con mis hijos
y escribiendo poemas
para poder
sobrevivirme en este mundo.
Y así me iré desangrando en este desconcierto absoluto
sintiendo que lo siento todo
con la certeza de que no sé nada
bajo un cosmos que andará reunido
tratando asuntos
mucho más importantes.
Kalkbadan
Madrid, 25 de febrero de 2023
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