José rubiel Amaya Amaya
Poeta asiduo al portal
Se veía en su mirada la pureza,
la paz, y la ternura.
el filtro del dolor purifico su alma,
y la hizo ver al fin santificada.
Ya resignada a los designios infinitos,
sin más recursos que la fatal espera;
piensa anhelosa en sus horas finales,
que solo la muerte terminara sus males.
Ya no brillo el milagro de la vida,
ni obraron las oraciones, las plegarias,
que de lejos y de cerca le ofrecieron;
al final en un cofre de madera la pusieron.
Y la rodearon de rezos, de cantos,
de música y de flores;
la despedimos con lágrimas,
y todos los honores.
Hoy solo queda vivir nuevos albores
con su recuerdo latente en la memoria,
hasta calmar en el pecho los dolores;
porque termina así una triste historia.
la paz, y la ternura.
el filtro del dolor purifico su alma,
y la hizo ver al fin santificada.
Ya resignada a los designios infinitos,
sin más recursos que la fatal espera;
piensa anhelosa en sus horas finales,
que solo la muerte terminara sus males.
Ya no brillo el milagro de la vida,
ni obraron las oraciones, las plegarias,
que de lejos y de cerca le ofrecieron;
al final en un cofre de madera la pusieron.
Y la rodearon de rezos, de cantos,
de música y de flores;
la despedimos con lágrimas,
y todos los honores.
Hoy solo queda vivir nuevos albores
con su recuerdo latente en la memoria,
hasta calmar en el pecho los dolores;
porque termina así una triste historia.