Sandra González Estévez
Poeta recién llegado
Se veían una vez al mes, el resto del tiempo hablaban por mensajes…horas o pocos minutos, depende de las tareas que tenía la mujer más madura. Ella le sacaba doce años de diferencia pero a la joven no le importaba, estaba enamorada y la edad le era irrelevante. Cuando estaban juntas se podía palpar la felicidad y la pasión. Toda preocupación se erradicaba, solo importaba la compañía de ambas para que las sonrisas volasen por doquier. La de más edad seguía una vida como muchas otras personas, casada y con hijos. Nunca negaba la posibilidad de fijarse en una mujer directamente, no hablaba de ello. Cuando le sacaba el tema simplemente sonreía. Su cuerpo se expresaba por sí solo. La joven observaba que acercaba demasiado su boca a la suya y hacía preguntas que una mujer casada no debería de hacer. Aun así sabía que era una situación complicada y llena de obstáculos. Ella siempre aguardaba a que diera un pequeño paso, pero este nunca llegaba. No lograba encontrar respuestas a múltiples preguntas, se dejaba guiar por el paso de los días, meses…años. Tenía la sensación de que la conocía de vidas anteriores, no comprendía por que no conseguía sacarla de su interior. El olvido se había olvidado de sus recuerdos. Intacta como aquella Semana Santa que la vio por primera vez. Era mucho menor que ella pero, lo que si sabía con certeza es que, la amaba. La amaba hasta querer enseñarle sus bellezas ocultas, lo que nadie anteriormente le había mostrado pero, por fin, comprendió que no podía luchar contra el destino, más cuando la persona que deseas se le apodera la cobardía y no es capaz de saltar. No es en esta vida cuando les tocaba estar juntas por mucho que se quisieran. Las barreras impedían la unión de sus manos aunque no, de sus almas y corazones. Siguen soñando bajo el mismo sueño y el mismo cielo, solo que en vuelos distintos. Únicamente despliegan sus alas para volar abrazadas cuando la intimidad cubre la clandestinidad a la que están atadas