Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
El amor se nos escapa
como agua entre las manos,
como sudor que resbala entre los cuerpos
después del deseo no dicho,
como lágrima terca que nadie se atreve a secar.
No importa cuánto aprieto los dedos,
cómo intento retener el calor de tu piel,
el amor —maldito sabio—
siempre encuentra la grieta,
la fisura mínima por donde huye
sin mirar atrás.
Nos amamos con la urgencia de los que saben
que no hay después,
que cada gemido puede ser el último,
que cada caricia puede ser despedida.
Y aún así,
nos desgastamos las ganas,
como se gasta una vela en cuarto ajeno.
Yo te amé con las uñas sucias de tanto cavar en tus abismos,
y tú me amaste con la boca llena de otros nombres.
Nos besamos a gritos,
como quien intenta callar el silencio
que ya nos habitaba.
Y ahora,
te veo irte con la naturalidad del agua que cae,
con esa forma exacta que tienen las cosas que no luchan,
que simplemente suceden.
Y no te detengo,
porque no se detiene el río cuando ya eligió su cauce.
El amor se nos fue,
sin drama,
sin portazos,
sin notas en la nevera.
Se fue como llega el sueño:
cerrando los ojos y dejándonos solos.
Y qué jodido, amor,
que hasta en el adiós
tuvimos ritmo.
como agua entre las manos,
como sudor que resbala entre los cuerpos
después del deseo no dicho,
como lágrima terca que nadie se atreve a secar.
No importa cuánto aprieto los dedos,
cómo intento retener el calor de tu piel,
el amor —maldito sabio—
siempre encuentra la grieta,
la fisura mínima por donde huye
sin mirar atrás.
Nos amamos con la urgencia de los que saben
que no hay después,
que cada gemido puede ser el último,
que cada caricia puede ser despedida.
Y aún así,
nos desgastamos las ganas,
como se gasta una vela en cuarto ajeno.
Yo te amé con las uñas sucias de tanto cavar en tus abismos,
y tú me amaste con la boca llena de otros nombres.
Nos besamos a gritos,
como quien intenta callar el silencio
que ya nos habitaba.
Y ahora,
te veo irte con la naturalidad del agua que cae,
con esa forma exacta que tienen las cosas que no luchan,
que simplemente suceden.
Y no te detengo,
porque no se detiene el río cuando ya eligió su cauce.
El amor se nos fue,
sin drama,
sin portazos,
sin notas en la nevera.
Se fue como llega el sueño:
cerrando los ojos y dejándonos solos.
Y qué jodido, amor,
que hasta en el adiós
tuvimos ritmo.