elbosco
Poeta fiel al portal
"...everybody is somebody's fool".
Orson Welles en "La dama de Shangai"
A Diego García Díaz
A través de los años, cierto amigo me ha tratado invariablemente como si fuera un imbécil. Mis iniciativas para revertir su prejuicio han resultado siempre vanas. De nada había servido tratar de ser claro e unívoco en mis declaraciones o explayarme para aclarar mi punto de vista cuando me miraba con ojos desorbitados, ni cuestionar constructivamente sus dichos, ni plantearle inteligentemente objeciones a sus conceptos.
En cambio, en todos sus dichos y respuestas se podía deducir fácilmente que para él, yo era y siempre sería un imbécil.
Me miraba con la mirada típica del que estando por arriba de todo, todo lo comprende. Por momentos paternalista, por momentos arrogante y desdeñoso, respondía siempre con ironía y el sarcasmo, o revestía de humor sus opiniones.
Su prejuicio me molestaba, pero pronto comprendí que me importaba menos que convencerlo de su error. Además, sus actitudes y respuestas de sabihondo arrogante habían comenzado a divertirme. Me divertían sus reacciones desmedidas y sus ocurrencias disparatadas.
Permitirle que me crea un imbécil y escandalizarlo con mis ideas más radicales se convirtió en mi íntimo divertimento.
Nuestras charlas parecían diálogos de una comedia satírica, él ironizando sobre mis afirmaciones y yo a su vez, me mofaba de sus ideas y replicaba sus ironías.
Transcurrieron los años, y la vida, antes que alejarnos, nos fue uniendo cada vez más. Diversos hechos fortuitos o casuales, hicieron nuestros encuentros cada vez más frecuentes al punto de volverse regulares: nuestras esposas se llevaban muy bien, nuestros hijos se habían hecho buenos amigos y compartíamos el interés por el arte y la pasión por la política. Cualquier observador externo podría haber creído que éramos grandes amigos.
La relación había llegado a un punto de equilibrio, paradójico e insospechado, y solo yo parecía darme cuenta de que para él yo seguía siendo un completo idiota. En cuanto a él, era para mi un necio incurable.
En cada reunión, nuestras respectivas esposas nos reprochaban nuestro comportamiento pueril durante las discusiones.
-De ningún otro modo soportaría el aburrimiento de su conversación
-Hacerle entender razones es más inútil que regar una piedra
Así nos respondíamos con estas y otras metáforas similares.
Pero no todos eran contras. Había que reconocer que conformábamos una muy buena tripulación para navegar, que compartíamos el gusto por la buena comida y un buen oído para el jazz, que nos placía la vida familiar y que disfrutábamos del buen cine. No era poca cosa después de todo.
El juego y las costumbres se fueron afianzando y siguieron invariables hasta una noche en la que mi amigo nos invitó a cenar a un elegante restaurante, para darnos, según dijo, una importante noticia. Imaginé que se habría comprado un nuevo velero o una casa en Punta del Este, pero no era nada de eso, y a decir verdad, nada me había preparado para lo siguió.
En la mitad de la cena, nos dijeron que estaban esperando a su tercer hijo, y que se sentirían honrados en que mi esposa y yo fuésemos sus padrinos.
Miré a mi esposa con desconcierto, y ella me miró como advirtiéndome que me lo tome en serio. Nos pidieron que lo meditemos bien antes de responder, ya que era un asunto que se tomaban muy en serio y que esperaban que fuésemos referentes para su hijo durante toda su vida.
Me sentí emocionado y le respondí que pondría todo mi corazón en cumplir la misión. Mi esposa se manifestó en forma similar.
Felices, brindamos por la nueva vida en camino y nos felicitamos mutuamente.
Pero había algo que me carcomía el cerebro, de modo que mientras las mujeres charlaban sobre asuntos de maternidad, aproveché la ocasión y medio por lo bajo, le pregunté:
-¿Y pensás que puedo ser una buena influencia para tu hijo?
-No me cabe la menor duda -me respondió.
Su aparente sinceridad me dejó pasmado. Entonces creí que era el momento oportuno para acabar con mi secreto juego de tantos años, y le pregunté.
-¿No te asusta que el padrino de tu hijo sea un completo imbécil?
Mi amigo rió con ganas y me dijo:
-¿Imbécil?, ¡Ja, Ja! No... nunca te consideré un imbécil.
-¿Ah no?, pero...
-¡Pero no querido!... Un imbécil no, pero he llegado a dudar mucho de tu sentido del humor -y nuevamente rió con ganas.
Lo escuchaba reirse y lo miraba con rabia... ¿Podía ser que me hubiera estado tomando el pelo durante tantos años?
-Así que... no tengo sentido del humor... ¿sabés lo que creo yo? Que vos tenés una pésima estética para el humor y que con ese humor te exponés a que te confundan con con un idiota.
Me sentía molesto, casi indiganado, y él lo notó...
-Bueno, no te enojés... -dijo en tono conciliador-, para mí lo principal es que sos un tipo capaz de valorar lo importante. Eso me resulta suficiente. En cuanto a tus dudas sobre mi buen criterio para el humor, y ya que atinadamente mencionás la estética (porque toda valoración no se trata de otra cosa que de estética), permitime citarte a Georges Courteline: "Pasar por idiota a los ojos del imbécil es un deleite de exquisito buen gusto".
---
Fernando Marco Sassone
(AKA PQR)
www.blog.singularidad.org
Orson Welles en "La dama de Shangai"
A Diego García Díaz
A través de los años, cierto amigo me ha tratado invariablemente como si fuera un imbécil. Mis iniciativas para revertir su prejuicio han resultado siempre vanas. De nada había servido tratar de ser claro e unívoco en mis declaraciones o explayarme para aclarar mi punto de vista cuando me miraba con ojos desorbitados, ni cuestionar constructivamente sus dichos, ni plantearle inteligentemente objeciones a sus conceptos.
En cambio, en todos sus dichos y respuestas se podía deducir fácilmente que para él, yo era y siempre sería un imbécil.
Me miraba con la mirada típica del que estando por arriba de todo, todo lo comprende. Por momentos paternalista, por momentos arrogante y desdeñoso, respondía siempre con ironía y el sarcasmo, o revestía de humor sus opiniones.
Su prejuicio me molestaba, pero pronto comprendí que me importaba menos que convencerlo de su error. Además, sus actitudes y respuestas de sabihondo arrogante habían comenzado a divertirme. Me divertían sus reacciones desmedidas y sus ocurrencias disparatadas.
Permitirle que me crea un imbécil y escandalizarlo con mis ideas más radicales se convirtió en mi íntimo divertimento.
Nuestras charlas parecían diálogos de una comedia satírica, él ironizando sobre mis afirmaciones y yo a su vez, me mofaba de sus ideas y replicaba sus ironías.
Transcurrieron los años, y la vida, antes que alejarnos, nos fue uniendo cada vez más. Diversos hechos fortuitos o casuales, hicieron nuestros encuentros cada vez más frecuentes al punto de volverse regulares: nuestras esposas se llevaban muy bien, nuestros hijos se habían hecho buenos amigos y compartíamos el interés por el arte y la pasión por la política. Cualquier observador externo podría haber creído que éramos grandes amigos.
La relación había llegado a un punto de equilibrio, paradójico e insospechado, y solo yo parecía darme cuenta de que para él yo seguía siendo un completo idiota. En cuanto a él, era para mi un necio incurable.
En cada reunión, nuestras respectivas esposas nos reprochaban nuestro comportamiento pueril durante las discusiones.
-De ningún otro modo soportaría el aburrimiento de su conversación
-Hacerle entender razones es más inútil que regar una piedra
Así nos respondíamos con estas y otras metáforas similares.
Pero no todos eran contras. Había que reconocer que conformábamos una muy buena tripulación para navegar, que compartíamos el gusto por la buena comida y un buen oído para el jazz, que nos placía la vida familiar y que disfrutábamos del buen cine. No era poca cosa después de todo.
El juego y las costumbres se fueron afianzando y siguieron invariables hasta una noche en la que mi amigo nos invitó a cenar a un elegante restaurante, para darnos, según dijo, una importante noticia. Imaginé que se habría comprado un nuevo velero o una casa en Punta del Este, pero no era nada de eso, y a decir verdad, nada me había preparado para lo siguió.
En la mitad de la cena, nos dijeron que estaban esperando a su tercer hijo, y que se sentirían honrados en que mi esposa y yo fuésemos sus padrinos.
Miré a mi esposa con desconcierto, y ella me miró como advirtiéndome que me lo tome en serio. Nos pidieron que lo meditemos bien antes de responder, ya que era un asunto que se tomaban muy en serio y que esperaban que fuésemos referentes para su hijo durante toda su vida.
Me sentí emocionado y le respondí que pondría todo mi corazón en cumplir la misión. Mi esposa se manifestó en forma similar.
Felices, brindamos por la nueva vida en camino y nos felicitamos mutuamente.
Pero había algo que me carcomía el cerebro, de modo que mientras las mujeres charlaban sobre asuntos de maternidad, aproveché la ocasión y medio por lo bajo, le pregunté:
-¿Y pensás que puedo ser una buena influencia para tu hijo?
-No me cabe la menor duda -me respondió.
Su aparente sinceridad me dejó pasmado. Entonces creí que era el momento oportuno para acabar con mi secreto juego de tantos años, y le pregunté.
-¿No te asusta que el padrino de tu hijo sea un completo imbécil?
Mi amigo rió con ganas y me dijo:
-¿Imbécil?, ¡Ja, Ja! No... nunca te consideré un imbécil.
-¿Ah no?, pero...
-¡Pero no querido!... Un imbécil no, pero he llegado a dudar mucho de tu sentido del humor -y nuevamente rió con ganas.
Lo escuchaba reirse y lo miraba con rabia... ¿Podía ser que me hubiera estado tomando el pelo durante tantos años?
-Así que... no tengo sentido del humor... ¿sabés lo que creo yo? Que vos tenés una pésima estética para el humor y que con ese humor te exponés a que te confundan con con un idiota.
Me sentía molesto, casi indiganado, y él lo notó...
-Bueno, no te enojés... -dijo en tono conciliador-, para mí lo principal es que sos un tipo capaz de valorar lo importante. Eso me resulta suficiente. En cuanto a tus dudas sobre mi buen criterio para el humor, y ya que atinadamente mencionás la estética (porque toda valoración no se trata de otra cosa que de estética), permitime citarte a Georges Courteline: "Pasar por idiota a los ojos del imbécil es un deleite de exquisito buen gusto".
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Fernando Marco Sassone
(AKA PQR)
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