Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
Primero, se hunden en mi sien tus labios; ellos se aplastan, giran, se tuercen, se pliegan en sí mismos; con torpe fuerza se arrebujan contra la piel, y se enredan y arrodillan a empujones maltratando al raciocinio, como dos niños en su más ingenuo, despreocupado, y puro goce. Y comienzan a segregar infancia en un giro de ángeles sobre mis ojos que han sido relevados por supremas voluntades; y ruedan así por delante, indemnes y ajenos a las ideas detenidas, succionando, comprimiéndose y resbalando en su propio y gradual lodo cristalino. Y después, bautizan a mis pómulos en un secretar de adolescencia liberada en aguafuertes, y aspiran tensos de avidez el aire entrecortado en las cavidades de mi nariz. Y maduran entonces, como ciruelos al calor de mi boca que aguarda, maduran justos al llegar, exactos; la pulpa abierta y roja, donde el alma se junta con la piel.