SEGUNDO PRINCIPIO DE TERMODINÁMICA
(Versión para enamorados con algún matiz surrealista)
La entropía de un sistema es una magnitud física abstracta
que la mecánica estadística identifica
con el grado de desorden molecular interno
de un sistema físico.
Nadie nos lo advirtió cuando, incautos,
coindimos frente a frente, paseando por la calle.
Nadie nos lo advirtió
excepto un fulgurante latido que hirió,
simultáneo, ambos nuestros corazones,
como llegado desde el fin de la eternidad.
Tú y yo, infinitos hecho instante,
coincidentes paseantes,
ansiosos de equilibrar nuestras mutuas entropías.
Ya somos un sistema cerrado
(en realidad siempre lo fuímos)
con un cierto desorden molecular interno
debido, tal vez, a nuestras ansias
por hacernos uno.
Ya somos un binomio atolondrado,
pequeños caos armoniosos
que por fin han encontrado su ecuación.
Somos universos cerrados,
nuestros ojos los conectores
(los tuyos agujeros negros)
que alimentan los temblores
de nuestras mutuas caricias.
Somos la interpretación canónica
de leyes que los dioses enunciaron,
queriendo hacer perfecta su creación,
para ser concluídas en nosotros.
Nunca habrá ya paz en nuestras almas,
nunca se disipará nuestra común entropía,
siempre quedará en ellas un residuo de locura,
ese hermoso, cósmico, retablo de la belleza sin orden
en el que nuestras alas serán sincronía y ritmo.
Volaremos, nuevas aves, y nuestras serán
las nuevas músicas, los insólitos colores
de los nuevos atardeceres.
Libaremos mutuamente
nuestras entropías inagotables
y, beodos de placer, jugaremos
con las viejas constelaciones.
(Versión para enamorados con algún matiz surrealista)
La entropía de un sistema es una magnitud física abstracta
que la mecánica estadística identifica
con el grado de desorden molecular interno
de un sistema físico.
Nadie nos lo advirtió cuando, incautos,
coindimos frente a frente, paseando por la calle.
Nadie nos lo advirtió
excepto un fulgurante latido que hirió,
simultáneo, ambos nuestros corazones,
como llegado desde el fin de la eternidad.
Tú y yo, infinitos hecho instante,
coincidentes paseantes,
ansiosos de equilibrar nuestras mutuas entropías.
Ya somos un sistema cerrado
(en realidad siempre lo fuímos)
con un cierto desorden molecular interno
debido, tal vez, a nuestras ansias
por hacernos uno.
Ya somos un binomio atolondrado,
pequeños caos armoniosos
que por fin han encontrado su ecuación.
Somos universos cerrados,
nuestros ojos los conectores
(los tuyos agujeros negros)
que alimentan los temblores
de nuestras mutuas caricias.
Somos la interpretación canónica
de leyes que los dioses enunciaron,
queriendo hacer perfecta su creación,
para ser concluídas en nosotros.
Nunca habrá ya paz en nuestras almas,
nunca se disipará nuestra común entropía,
siempre quedará en ellas un residuo de locura,
ese hermoso, cósmico, retablo de la belleza sin orden
en el que nuestras alas serán sincronía y ritmo.
Volaremos, nuevas aves, y nuestras serán
las nuevas músicas, los insólitos colores
de los nuevos atardeceres.
Libaremos mutuamente
nuestras entropías inagotables
y, beodos de placer, jugaremos
con las viejas constelaciones.