Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Cuando abandoné el local, hace ya un año, escribí con pintura de aerosol una despedida breve. Lo hice para que las malas lenguas que jamás se atrevieron a tocarme no vilipendiaran mi nombre, pues siempre alardee con irme de ahí con decoro y elegancia o por lo menos dejando una prueba fehaciente de mi paso, pero sobre todo lo hice para que aquél ángel que de cuando en cuando me visitaba, y que en cada visita empleó las mas bajas argucias para fundir mis labios con los suyos, tuviera un norte de mi nuevo paradero. Cabe aclarar que jamás me negué por cobardía a besar su boca de media luna, me negué porque no quise, ni quiero sentir las lágrimas de cera de mis labios rodar por mi pecho y después mirarlas caer sin remedio al asfalto. Todo mundo sabe que aquel que besa a un ángel se le funden los labios como divino castigo. Todo mundo sabe que hay ángeles que están cansados de ser guardianes y por ello les urge un beso, pues con él, pierden su calidad custodios y de eternos y por lo tanto pueden comenzar a descansar, pues se vuelven efímeros como suspiro, como la carne, como promesa de enamorado, como las flores, como el amor.
Lo que escribí fueron unas líneas sencillas con mala caligrafía, pero eso sí, llenas de esperanza como la ley.
Bate las alas,
un día
sin que tú lo sientas,
cambiaran los
aires, síguelos, al final
moriré por ti
en tu beso, con tus labios.
Hubiera querido terminar el mensaje, darle con él más señales de mi nuevo derrotero. Pero el destino, bromista como siempre, le dio el pitazo de lo que hacía a los guardianes del orden que no tardaron en llegar para remitirme a la autoridad competente. Alegaron que la nueva ley contra el graffiti me obsequiaba 48 horas de arresto inconmutable o 72 en caso de no pagar los daños. Siempre he apostado al número mayor, así que me negué a pagar y pasé los siguientes tres días aprendiendo a dormir y a soñar y a suspirar con los ojos abiertos.
Ayer, justo cuando había perdido toda esperanza de volverle a ver y regresaba a casa en el último tren, se presentó de nuevo. Al menos su aroma de viento pasó por mi nuca, su aliento, antes de anidarse en mi pelo corrió sobre mis orejas y mis mejillas y penetró por mi nariz dándole un vuelco tremendo al corazón, que sabiendo que a mis espaldas estaba de nuevo aquel ángel, fingió la muerte breve como breve es el sueño. Cerré los ojos mientras sus brazos rodeaban mi cuerpo, su mano derecha se posó en el lado izquierdo de mi pecho para evitar que el corazón se me saliera por la boca, y su mano izquierda a la altura del ombligo para que no entrara ni una mariposa más de las que ya ahí habitan, juro por todos mis dioses y sus diosas que los han hecho felices, que iba a darme la vuelta y besarle como jamás he besado. Sus alas me lo impidieron, me envolvieron cual si fueran un sedoso capullo y yo una frágil crisálida. Su voz, que es más embriagadora que el canto de las sirenas a las que fui adicto cuando aún no era un canalla, me murmuró al oído; Leí el acróstico que me dejaste en la cortina del local abandonado, me dijo. Te encontré, pero aún no es tiempo de que me cumplas. ¡Cuídate! te seguiré buscando.
El velador que me encontró hecho un ovillo en uno de los asientos del tren me dijo que pensó que yo estaba muerto, que apenas respiraba y mis ojos miraban hacía a dentro, que durante esos días de asueto el frío había sido eterno y que por ello ningún trabajador se había acercado al tren que ya tenía tres días guardado en los talleres de reparación.
Ahora que de nuevo no puedo dormir por las noches y que sueño por el día, no sé si sus palabras auguran buenaventura, o ese -cuídate- fue una fiel amenaza. Sin embargo, no me importa, sé que de nuevo estuvo conmigo y que le ví aunque mis ojos estuvieran cerrados. La pluma blanca que encontré en el bolsillo trasero de mi pantalón, es idéntica a la que allá, en los tiempos del local, adornara el altar salvaguardó su recuerdo y mi credo.
6.2.12 en una tarde en la que el viento me ha traído una brizna de su aroma.
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Lo que escribí fueron unas líneas sencillas con mala caligrafía, pero eso sí, llenas de esperanza como la ley.
Bate las alas,
un día
sin que tú lo sientas,
cambiaran los
aires, síguelos, al final
moriré por ti
en tu beso, con tus labios.
Hubiera querido terminar el mensaje, darle con él más señales de mi nuevo derrotero. Pero el destino, bromista como siempre, le dio el pitazo de lo que hacía a los guardianes del orden que no tardaron en llegar para remitirme a la autoridad competente. Alegaron que la nueva ley contra el graffiti me obsequiaba 48 horas de arresto inconmutable o 72 en caso de no pagar los daños. Siempre he apostado al número mayor, así que me negué a pagar y pasé los siguientes tres días aprendiendo a dormir y a soñar y a suspirar con los ojos abiertos.
Ayer, justo cuando había perdido toda esperanza de volverle a ver y regresaba a casa en el último tren, se presentó de nuevo. Al menos su aroma de viento pasó por mi nuca, su aliento, antes de anidarse en mi pelo corrió sobre mis orejas y mis mejillas y penetró por mi nariz dándole un vuelco tremendo al corazón, que sabiendo que a mis espaldas estaba de nuevo aquel ángel, fingió la muerte breve como breve es el sueño. Cerré los ojos mientras sus brazos rodeaban mi cuerpo, su mano derecha se posó en el lado izquierdo de mi pecho para evitar que el corazón se me saliera por la boca, y su mano izquierda a la altura del ombligo para que no entrara ni una mariposa más de las que ya ahí habitan, juro por todos mis dioses y sus diosas que los han hecho felices, que iba a darme la vuelta y besarle como jamás he besado. Sus alas me lo impidieron, me envolvieron cual si fueran un sedoso capullo y yo una frágil crisálida. Su voz, que es más embriagadora que el canto de las sirenas a las que fui adicto cuando aún no era un canalla, me murmuró al oído; Leí el acróstico que me dejaste en la cortina del local abandonado, me dijo. Te encontré, pero aún no es tiempo de que me cumplas. ¡Cuídate! te seguiré buscando.
El velador que me encontró hecho un ovillo en uno de los asientos del tren me dijo que pensó que yo estaba muerto, que apenas respiraba y mis ojos miraban hacía a dentro, que durante esos días de asueto el frío había sido eterno y que por ello ningún trabajador se había acercado al tren que ya tenía tres días guardado en los talleres de reparación.
Ahora que de nuevo no puedo dormir por las noches y que sueño por el día, no sé si sus palabras auguran buenaventura, o ese -cuídate- fue una fiel amenaza. Sin embargo, no me importa, sé que de nuevo estuvo conmigo y que le ví aunque mis ojos estuvieran cerrados. La pluma blanca que encontré en el bolsillo trasero de mi pantalón, es idéntica a la que allá, en los tiempos del local, adornara el altar salvaguardó su recuerdo y mi credo.
6.2.12 en una tarde en la que el viento me ha traído una brizna de su aroma.
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