Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
SENECTUD
Hojas volanderas apagan las voces.
Herméticas alcobas donde la luz cercena
gélidos serenos;
ya se declara la oquedad
la voz de luto que discierne
el pabilo de ausencia al otro lado de la espera
pero nadie está allí esperando
sólo la nada
alguna pesarosa ausencia.
Cuando llueve el tiempo se vuelca en tornasol
en cosecha de monedas
cuyo interés siembra en la tierra
certezas de aullidos
perezas de ayeres con adoquines y cellos.
Paso lento
tejidos de instantes en hilachas
colgados en una tienda menesterosa
de barriadas azulinas y eternas.
Está bien así -tal vez-
ser la razón que la tarde esgrime
como necedad de uña
trepando el asombro
levitando en paredes y grietas...
Se nota la pesadez
se requiere la lontananza de un sueño,
es precisa la sangre
de un ocaso moribundo.
Hojas volanderas apagan las voces.
Herméticas alcobas donde la luz cercena
gélidos serenos;
ya se declara la oquedad
la voz de luto que discierne
el pabilo de ausencia al otro lado de la espera
pero nadie está allí esperando
sólo la nada
alguna pesarosa ausencia.
Cuando llueve el tiempo se vuelca en tornasol
en cosecha de monedas
cuyo interés siembra en la tierra
certezas de aullidos
perezas de ayeres con adoquines y cellos.
Paso lento
tejidos de instantes en hilachas
colgados en una tienda menesterosa
de barriadas azulinas y eternas.
Está bien así -tal vez-
ser la razón que la tarde esgrime
como necedad de uña
trepando el asombro
levitando en paredes y grietas...
Se nota la pesadez
se requiere la lontananza de un sueño,
es precisa la sangre
de un ocaso moribundo.
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