Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Sentir tu orgasmo es como si el mundo se detuviera un segundo para escucharnos respirar.
Es una ola tibia que nace en el silencio de la piel y se expande sin pedir permiso, recorriendo cada rincón del cuerpo como una luz que despierta. Tu cuerpo tiembla apenas, como una hoja tocada por el viento, y en ese temblor hay una verdad antigua, una música que sólo los cuerpos que se buscan saben tocar.
Entonces todo se vuelve más lento:
la respiración,
el latido,
el tiempo mismo.
Y yo estoy ahí, sosteniendo ese instante frágil y poderoso, sintiendo cómo tu placer se vuelve también un lenguaje que nos nombra sin palabras.
Porque tu orgasmo no es solo un final.
Es una explosión de vida breve y luminosa,
un relámpago que nos recuerda
que el amor también sabe arder.
Es una ola tibia que nace en el silencio de la piel y se expande sin pedir permiso, recorriendo cada rincón del cuerpo como una luz que despierta. Tu cuerpo tiembla apenas, como una hoja tocada por el viento, y en ese temblor hay una verdad antigua, una música que sólo los cuerpos que se buscan saben tocar.
Entonces todo se vuelve más lento:
la respiración,
el latido,
el tiempo mismo.
Y yo estoy ahí, sosteniendo ese instante frágil y poderoso, sintiendo cómo tu placer se vuelve también un lenguaje que nos nombra sin palabras.
Porque tu orgasmo no es solo un final.
Es una explosión de vida breve y luminosa,
un relámpago que nos recuerda
que el amor también sabe arder.