Introspectivo.
Poeta adicto al portal
IV
TresTres meses pasaron de aquella noche en que Ernesto vio a ese duende, sentado en el medio de una plaza, fumando, como si nada. Tres meses pasaron desde que lo vio en carne y sangre, pero su cara se aparecía en su mente cada dos por tres.
A veces caminaba hacia la facultad, encapuchado por el frío y escuchaba pequeños pasos en sus espalda, pero al darse vuelta nada había. En sus sueños había solo un protagonista, de cara arrugada y orejas élficas, que reía entre el viejo viento de la noche.
Este estado de paranoia y ofuscación comenzaba a preocuparle, llegó a sentir que su vida cambió desde esa noche en la que conoció a su mayor miedo, en la que conoció a ese esperpento andante. Algo tenía que hacer. La opción más lógica era olvidarlo todo, convencerse a si mismo que aquello solo fue un sueño y que si seguía dando vueltas en ese recuerdo, su vida iría en picada hacia la alienación.
La mañana de aquel día iba a ser productiva, ya nada lo podía detener, conseguiría un trabajo para hacer unos pesos extras y comprarse ese bajo eléctrico por el que se babeaba cada mañana al pasar frente a un local de instrumentos musicales a la vuelta del instituto en el que estudiaba.
Preparó un currículum, hizo fotocopias y empezó a repartirlas por los bares y kioscos de la zona, ya que un trabajo de medio tiempo era lo único que los horarios latosos de la facultad le permitían tener.
Luego de una hora de caminar por el barrio, entre entrevistas laborales y rechazos desalmados llegó al último bar de la calle. Un antro que parecía sacado del medio Dublín, ladrillos a la vista de un aspecto viejo y descuidado, un portón enorme y antiguo, dos ventanales con los marcos de un verde despintado y un letrero pegado en la vidriera que decía " Martes Happy hour en cerveza toda la noche, Jueves dos por uno hasta las dos". A pesar del aspecto medieval del lugar, parecía ser un bar más, tan corriente como cualquier otro de la calle Pellegrini.
Luego de mover una pesada puerta entró, golpeando moderadamente las manos para que alguien lo atienda. Todo estaba vacío y silencioso. De repente se oyen resonar en el parquet de madera dura unos pequeños y veloces pasos provenientes de la cocina.
Continuará ...
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