Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
El odio nació en un rincón donde nunca llegó la caricia. Nadie lo nombró con ternura, nadie le dijo “quédate” sin miedo. Se arrastró en los silencios, creció en la sombra de los abrazos ausentes. Aprendió a mirar con los ojos de los otros, los que nunca supieron qué hacer con él, los que lo escupieron sin saber que se quedaría enredado en sus gargantas.
Hubiera querido ser de otra manera, quizás viento, quizás un murmullo de agua entre las piedras. Pero lo dejaron solo demasiado tiempo, y la soledad, ya se sabe, inventa monstruos para no morirse de frío.
El odio se acostumbró a existir así, sin piel que lo abrigue, sin voces que lo canten. Y cuando alguien le preguntó por qué era como era, no supo responder. Tal vez porque nunca nadie lo amó. Tal vez porque nadie le enseñó que podía ser otra cosa.
Hubiera querido ser de otra manera, quizás viento, quizás un murmullo de agua entre las piedras. Pero lo dejaron solo demasiado tiempo, y la soledad, ya se sabe, inventa monstruos para no morirse de frío.
El odio se acostumbró a existir así, sin piel que lo abrigue, sin voces que lo canten. Y cuando alguien le preguntó por qué era como era, no supo responder. Tal vez porque nunca nadie lo amó. Tal vez porque nadie le enseñó que podía ser otra cosa.