Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Si Yo fuera Yo, caminaría por las calles sin sombra, sin la urgencia de mi propio reflejo persiguiéndome en cada escaparate. No me buscaría en los ojos ajenos, en los espejos de los baños públicos, en los charcos de la lluvia que duplican las aceras.
Si Yo fuera Yo, hablaría en un idioma que aún no existe, un lenguaje sin traducción donde las palabras no se quedaran atrapadas entre los dientes ni se desmoronaran en los labios ajenos. Cada sílabas sería un puente, no una grieta.
Si Yo fuera Yo, tal vez no tendría miedo de los relojes, de las agendas, de los silencios entre frases que parecen suspenderse en el aire como trapecistas sin red. No esperaría que el tiempo fuera indulgente conmigo, ni me detendría a contar las veces que me equivoqué de estación.
Si Yo fuera Yo, me escribiría cartas que nunca enviaría, solo para leerme en voz alta y recordar que existo, que aún palpita algo en mi pecho cuando la noche se desenrolla como un hilo invisible.
Si Yo fuera Yo… pero, ¿quién lo es del todo? ¿Dónde se esconde ese Yo que debería ser, que amaga con revelarse entre los gestos espontáneos y las carcajadas inesperadas? Quizá en la intermitencia de los días, en las pausas entre los pensamientos, en el borde difuso de mis propios límites.
Si Yo fuera Yo, tal vez, por fin, me encontraría. O tal vez nunca, y ahí radique el secreto.
Si Yo fuera Yo, hablaría en un idioma que aún no existe, un lenguaje sin traducción donde las palabras no se quedaran atrapadas entre los dientes ni se desmoronaran en los labios ajenos. Cada sílabas sería un puente, no una grieta.
Si Yo fuera Yo, tal vez no tendría miedo de los relojes, de las agendas, de los silencios entre frases que parecen suspenderse en el aire como trapecistas sin red. No esperaría que el tiempo fuera indulgente conmigo, ni me detendría a contar las veces que me equivoqué de estación.
Si Yo fuera Yo, me escribiría cartas que nunca enviaría, solo para leerme en voz alta y recordar que existo, que aún palpita algo en mi pecho cuando la noche se desenrolla como un hilo invisible.
Si Yo fuera Yo… pero, ¿quién lo es del todo? ¿Dónde se esconde ese Yo que debería ser, que amaga con revelarse entre los gestos espontáneos y las carcajadas inesperadas? Quizá en la intermitencia de los días, en las pausas entre los pensamientos, en el borde difuso de mis propios límites.
Si Yo fuera Yo, tal vez, por fin, me encontraría. O tal vez nunca, y ahí radique el secreto.