Cris Cam
Poeta adicto al portal
Siempre así
Y era así.
El zonda, la sudestada, el pampero,
la lluvia que mojó al Gigantosaurius Carolinii
el sol que abrigó al trilobite,
la nieve, los glaciares, los volcanes.
Y mientras tanto,
La hormiga guardaba; el cardo crecía,
la lombriz horadaba; la totora se balanceaba,
el cuis correteaba; el junco flameaba,
el zorro cazaba; la caña silbaba
y el manso recolectaba.
Eso era pasado perfecto.
Luego, lo que fue.
El viento empujando velas,
Bajaron unos pobres y famélicos seres,
marcas de viruela, cólera, escorbuto,
con vacas, caballos, ovejas y burros.
Y unos barbados,
con una cruz en el pecho,
una espada en la cintura
y un mosquete en el hombro.
Clavaron la espada en la tierra,
y un palo donde un cartel nombró;
a una tierra que ya tenía un nombre,
Hacia el lejano poniente
un desierto de pletórica verdura
que seguía más allá del horizonte.
Se llevaron el maíz, la papa, el tabaco.
El oro no llenaba la panza,
pero, la mandioca y el tomate sí.
Dijeron que era del rey lo recién robado,
Y comenzó el pasado imperfecto.
Así vino la esclavitud, el látigo, la mita.
y el manso, por el poder de la pólvora;
sufrió esas palabras que no conocía.
Unos se rebelaron,
Quilmes se llamaban,
dos mil kilómetros a pie,
donde fueron dejando a la mitad,
los débiles, niños, viejos, mujeres
y los recluyeron en la reserva.
Otros huyeron
en espera de un tiempo mejor..
El barbado ya había matado
a Moctezuma, Atahualpa y Caupolicán
por oro siempre por oro.
El redoblante marcaba una marcha triunfal,
mientras la piel era azotada, sangrada, desgarrada
por el cruel azote, la recia vara, el filoso puñal.
Y, sino alcanzaba,
por el inconmensurable valor del indio,
quemarle los pies hasta el hueso.
Aquí, allá y en todas partes.
A eso llamaban civilización creciente.
los villoríos fueron aldeas,
las aldeas ciudades,
y el criollo
hijo del barbado nacido aquí
se sintió dueño de la tierra
Allí estaban el negro esclavo, el indio,
el mestizo, el mulato, el zambo.
Que, ilusos, saludaron, las nuevas patrias.
Cinco, diez quince años de guerra
es lo que duró la ilusión.
Dos bandos, diez caudillos
una lucha interminable.
Mientras el montaraz se multiplicaba,
la vaca, el cerdo y la oveja se reproducía.
Y al manso que dejó de serlo hacía un tiempo,
el caballo devino en acorazado,
la tacuara en lanza,
las varas en arco y flecha,
ya no para cazar,
sino defender lo suyo
Un huinca partió, allá, al exilio británico
Tiempo de exterminio e infamia.
En Paraguay, Santiago, Chaco, Pampa
Indios y caciques,
lonkos y chamanes,
Mariano, Ramón, Barigorrita,
Inti y Nguenechén
Dolor y tristeza.
Llegaron nuevos barcos.
estos a vapor,
hombres de todos los colores,
de ojos, piel y cabello.
las manos gastadas pero prontas.
Carne de fábrica, campos y fortines,
el mismo fin, en el frío fusilados.
Bah, nosotros.
Vino un general,
dos, tres, cinco, diez, a fusilar
en el basural, el ingenio, la fábrica.
Un joven de sonrisa y habano,
fusilado en Bolivia,
un presidente asesinado en Chile,
un primer ministro en Congo
Vino la CIA y ya no importaba el color,
blancos, mestizos, monjas y judíos
obreros y estudiantes, y fueron treinta mil.
Nada fue suficiente.
la bota de Echazú sobre la nuca de Santiago,
la bala de prefectura atravesando el fémur de Rafael.
Y siempre así.
Una deuda gigante que no alimenta,
liberales hijos de los hidalgos castellanos,
se la llevan en pala y un pueblo siempre famélico
Y era así.
El zonda, la sudestada, el pampero,
la lluvia que mojó al Gigantosaurius Carolinii
el sol que abrigó al trilobite,
la nieve, los glaciares, los volcanes.
Y mientras tanto,
La hormiga guardaba; el cardo crecía,
la lombriz horadaba; la totora se balanceaba,
el cuis correteaba; el junco flameaba,
el zorro cazaba; la caña silbaba
y el manso recolectaba.
Eso era pasado perfecto.
Luego, lo que fue.
El viento empujando velas,
Bajaron unos pobres y famélicos seres,
marcas de viruela, cólera, escorbuto,
con vacas, caballos, ovejas y burros.
Y unos barbados,
con una cruz en el pecho,
una espada en la cintura
y un mosquete en el hombro.
Clavaron la espada en la tierra,
y un palo donde un cartel nombró;
a una tierra que ya tenía un nombre,
Hacia el lejano poniente
un desierto de pletórica verdura
que seguía más allá del horizonte.
Se llevaron el maíz, la papa, el tabaco.
El oro no llenaba la panza,
pero, la mandioca y el tomate sí.
Dijeron que era del rey lo recién robado,
Y comenzó el pasado imperfecto.
Así vino la esclavitud, el látigo, la mita.
y el manso, por el poder de la pólvora;
sufrió esas palabras que no conocía.
Unos se rebelaron,
Quilmes se llamaban,
dos mil kilómetros a pie,
donde fueron dejando a la mitad,
los débiles, niños, viejos, mujeres
y los recluyeron en la reserva.
Otros huyeron
en espera de un tiempo mejor..
El barbado ya había matado
a Moctezuma, Atahualpa y Caupolicán
por oro siempre por oro.
El redoblante marcaba una marcha triunfal,
mientras la piel era azotada, sangrada, desgarrada
por el cruel azote, la recia vara, el filoso puñal.
Y, sino alcanzaba,
por el inconmensurable valor del indio,
quemarle los pies hasta el hueso.
Aquí, allá y en todas partes.
A eso llamaban civilización creciente.
los villoríos fueron aldeas,
las aldeas ciudades,
y el criollo
hijo del barbado nacido aquí
se sintió dueño de la tierra
Allí estaban el negro esclavo, el indio,
el mestizo, el mulato, el zambo.
Que, ilusos, saludaron, las nuevas patrias.
Cinco, diez quince años de guerra
es lo que duró la ilusión.
Dos bandos, diez caudillos
una lucha interminable.
Mientras el montaraz se multiplicaba,
la vaca, el cerdo y la oveja se reproducía.
Y al manso que dejó de serlo hacía un tiempo,
el caballo devino en acorazado,
la tacuara en lanza,
las varas en arco y flecha,
ya no para cazar,
sino defender lo suyo
Un huinca partió, allá, al exilio británico
Tiempo de exterminio e infamia.
En Paraguay, Santiago, Chaco, Pampa
Indios y caciques,
lonkos y chamanes,
Mariano, Ramón, Barigorrita,
Inti y Nguenechén
Dolor y tristeza.
Llegaron nuevos barcos.
estos a vapor,
hombres de todos los colores,
de ojos, piel y cabello.
las manos gastadas pero prontas.
Carne de fábrica, campos y fortines,
el mismo fin, en el frío fusilados.
Bah, nosotros.
Vino un general,
dos, tres, cinco, diez, a fusilar
en el basural, el ingenio, la fábrica.
Un joven de sonrisa y habano,
fusilado en Bolivia,
un presidente asesinado en Chile,
un primer ministro en Congo
Vino la CIA y ya no importaba el color,
blancos, mestizos, monjas y judíos
obreros y estudiantes, y fueron treinta mil.
Nada fue suficiente.
la bota de Echazú sobre la nuca de Santiago,
la bala de prefectura atravesando el fémur de Rafael.
Y siempre así.
Una deuda gigante que no alimenta,
liberales hijos de los hidalgos castellanos,
se la llevan en pala y un pueblo siempre famélico