Asklepios
Incinerando envidias
Siempre se preocupó por el estado de la bóveda celeste. Dedicó su largo existir a su cuidado y también a la protección del recinto que al Universo contiene.
Fue durante sus últimos millones de milenios, que algo comenzó a incomodarle. Sus sospechas, repentinamente, se convirtieron en una muy molesta ocupación, ya que le resultaba muy difícil dejarse de preguntar con qué limitaba aquel recinto que supuestamente, contenía a todo el infinito por todos conocido y asumido por todos desde el principio de los principios. Ése,por el que no había dejado de ocuparse a lo largo de su larga vida.
La infinitud se había empezado a cuestionar. Así, casi al final de sus días, fue que la duda se despejó. No era uno el infinito. Y la multitud de infinitos fue confirmada, pero, eso sí, sin una total y completa certeza.
Las distancias, ya por entonces, tan difíciles de concretar y definir, de repente se convirtieron en, incluso, imposibles de ser imaginadas. Y el desconcierto se hizo largo… más que inmenso. Y aumentó la incertidumbre, tanto o más que las nuevas dimensiones, ahora inabarcables.
Tuvo que pasar algo más que muchísimo tiempo; tuvo que pasar un poco más que demasiado tiempo hasta que, sin haberse conocido desde entonces ni el cómo ni el por qué, que todo volvió a asentarse. El regreso de un nuevo equilibrio se hizo realidad. Una nueva presencia del existir fue finalmente apoderándose de todo, y todo se dejó de cuestionar.
Tras apenas fallecer el más importante de los vigilantes, de los preocupados por el cosmos, aquel que dedicó su larga vida a confirmar las distancias de los espacios, sucedió lo que aquí se ha escrito.
Fue durante sus últimos millones de milenios, que algo comenzó a incomodarle. Sus sospechas, repentinamente, se convirtieron en una muy molesta ocupación, ya que le resultaba muy difícil dejarse de preguntar con qué limitaba aquel recinto que supuestamente, contenía a todo el infinito por todos conocido y asumido por todos desde el principio de los principios. Ése,por el que no había dejado de ocuparse a lo largo de su larga vida.
La infinitud se había empezado a cuestionar. Así, casi al final de sus días, fue que la duda se despejó. No era uno el infinito. Y la multitud de infinitos fue confirmada, pero, eso sí, sin una total y completa certeza.
Las distancias, ya por entonces, tan difíciles de concretar y definir, de repente se convirtieron en, incluso, imposibles de ser imaginadas. Y el desconcierto se hizo largo… más que inmenso. Y aumentó la incertidumbre, tanto o más que las nuevas dimensiones, ahora inabarcables.
Tuvo que pasar algo más que muchísimo tiempo; tuvo que pasar un poco más que demasiado tiempo hasta que, sin haberse conocido desde entonces ni el cómo ni el por qué, que todo volvió a asentarse. El regreso de un nuevo equilibrio se hizo realidad. Una nueva presencia del existir fue finalmente apoderándose de todo, y todo se dejó de cuestionar.
Tras apenas fallecer el más importante de los vigilantes, de los preocupados por el cosmos, aquel que dedicó su larga vida a confirmar las distancias de los espacios, sucedió lo que aquí se ha escrito.