Asklepios
Incinerando envidias
Siento, de verdad, que me muero. Y no, no como todos los días en los que uno es consciente de haber consumido un día más, de saber que queda un día menos. No. Es un sentir, en el que incluso, lo que me rodea confirma toda sospecha: La soledad, -tan adicto a ella durante toda mi vida-, hoy se me ha presentado más espesa, más pesada que nunca y, además, sola, total y completamente sola, con claros signos de no querer volver a acompañarme.
Por otro lado, el instinto de supervivencia, que al parecer, forma parte de todos nosotros, hoy es como si me hubiera confesado, - esperando a que despertara-, que me deja; que ya no quiere compartir nada conmigo; que ni si quiera quiere que juguemos.
Reconocer éste mi estado, ya a primera hora de la mañana, confieso que al principio me resultó algo totalmente indiferente. Y así fue hasta poco más allá del mediodía cuando, a punto de reaccionar, se presentó ante mí, -queriéndose sumar a tan particular idiosincrasia-, el convencimiento de la sinrazón de la vida misma. Ni con un suspiro llegué a reaccionar. No hice más que permanecer. Lo único activo en mí, seguía siendo la capacidad de observación.
Por otro lado, el instinto de supervivencia, que al parecer, forma parte de todos nosotros, hoy es como si me hubiera confesado, - esperando a que despertara-, que me deja; que ya no quiere compartir nada conmigo; que ni si quiera quiere que juguemos.
Reconocer éste mi estado, ya a primera hora de la mañana, confieso que al principio me resultó algo totalmente indiferente. Y así fue hasta poco más allá del mediodía cuando, a punto de reaccionar, se presentó ante mí, -queriéndose sumar a tan particular idiosincrasia-, el convencimiento de la sinrazón de la vida misma. Ni con un suspiro llegué a reaccionar. No hice más que permanecer. Lo único activo en mí, seguía siendo la capacidad de observación.