Nat Guttlein
さん
Respirar por automacia.
Es el arte vil y puro,
de desenterrar del suelo aquella raíz que nos mantiene de pie.
Qué es aquello a lo que llamo vida?
Por qué me fue dada si me duele?
Por qué siquiera tengo que luchar si ya me cansé hace rato?
Cada suspiro es una daga.
Afilada y punzante.
Cada mañana son flores negras en mi cielo.
Nubes que se alejan.
Como aquellos mensajes de la familia,
de ese amigo que me pregunta cómo estoy,
o de ese padre que no supo ser padre y que me cuenta sus felicidades.
Yo sigo sentada en el mismo lugar de siempre.
Miro y observo,
me esfuerzo de vez en cuando.
Y es que los ojos suelen quedarse sin batería luego de cargar tanto llanto.
Los suelo vaciar.
Muy seguido y demasiadas veces.
La almohada inclusive intenta consolarme.
La cajonera por su parte ya se rindió.
Continúo desenfocando imágenes que me rodean.
De sonrisas.
De las frases que me sé de memoria,
de aquellos que me rodean.
Hasta de la tele que me sigue repitiendo los mismos versos.
La música inclusive me sabe amarga.
No le encuentro ritmo y las letras se diluyen,
en el café rancio que sigue rebosando mi taza.
Yo me sigo sentando en donde siempre.
A leer historias de amor que jamás me ocurrirán.
Yo me sigo sentando en donde siempre.
A ser ese público fiel de las alegrías de mis seres queridos.
Yo me sigo sentando en donde siempre.
A que me encuentres sonriendo como lo haces.
Yo me sigo sentando donde siempre.
A que la luna sea el único testigo,
de todas las veces que en pie,
cometí el más cruel de los suicidios.
Seguir sentándome.
Es el arte vil y puro,
de desenterrar del suelo aquella raíz que nos mantiene de pie.
Qué es aquello a lo que llamo vida?
Por qué me fue dada si me duele?
Por qué siquiera tengo que luchar si ya me cansé hace rato?
Cada suspiro es una daga.
Afilada y punzante.
Cada mañana son flores negras en mi cielo.
Nubes que se alejan.
Como aquellos mensajes de la familia,
de ese amigo que me pregunta cómo estoy,
o de ese padre que no supo ser padre y que me cuenta sus felicidades.
Yo sigo sentada en el mismo lugar de siempre.
Miro y observo,
me esfuerzo de vez en cuando.
Y es que los ojos suelen quedarse sin batería luego de cargar tanto llanto.
Los suelo vaciar.
Muy seguido y demasiadas veces.
La almohada inclusive intenta consolarme.
La cajonera por su parte ya se rindió.
Continúo desenfocando imágenes que me rodean.
De sonrisas.
De las frases que me sé de memoria,
de aquellos que me rodean.
Hasta de la tele que me sigue repitiendo los mismos versos.
La música inclusive me sabe amarga.
No le encuentro ritmo y las letras se diluyen,
en el café rancio que sigue rebosando mi taza.
Yo me sigo sentando en donde siempre.
A leer historias de amor que jamás me ocurrirán.
Yo me sigo sentando en donde siempre.
A ser ese público fiel de las alegrías de mis seres queridos.
Yo me sigo sentando en donde siempre.
A que me encuentres sonriendo como lo haces.
Yo me sigo sentando donde siempre.
A que la luna sea el único testigo,
de todas las veces que en pie,
cometí el más cruel de los suicidios.
Seguir sentándome.