vronte
Poeta infiel al portal
Silente.
Nunca necesité a dios, te tuve a tí…
Te idolatré silente, mas allá de mi propia mente
Crucé los bordes de mis propios genes,
sin importar lo que ocurriese entre mis sienes.
Lo desprecié a todo, los ignoré a todos y es que no eran tú…
Nadie me cuestionó, mucho menos se me acusó de haber perdido la razón,
solo respeto y silencio al ver a través de mis ojos la apacible indiferencia del que ama.
Pero la ira comenzó a brotar, y creció… como creció…
Era el desprecio contra quien te adora tal cual eres,
el asco ante quien te acepta sin ribetes,
la crueldad ante todo aquel que no puede ser quien quieres…
Cuando el amor venturoso que se vislumbraba como una promesa de éxito trascendente
se convierte en mirada vacía, callado hastío y traición inminente.
Hoy sí necesito a dios, tú no estás…
Desesperé silente, mas allá de mi piel viviente.
Recé porque no volvieras, porque no regresase ese ‘otro’ ser
que usurpó el cuerpo de quien fue mi reconciliación con el mundo;
el ladrón de aquel que me quitó el velo de ensueño negro.
Quien incluso antes de sus besos y previo a ver su rostro,
me dió a sentir humedad de labios y dulzura de semblante.
Sin dios y sin ti en una ciénaga de incertidumbre,
sin mirar al cielo y sin beber de un prospecto dulce.
No quiero morir ni desfallecer ante el olvido,
quiero reír y brindar porque has partido.
Agradecer al destino por romper atavíos,
por enviarme lejos de una cadena blanca que amenazaba comerse mis entrañas.
Quiero no volver a necesitar amaneceres,
robar el sol, tener su cálido masaje en el rostro cuando lo necesite.
Vivir brindando, lejos de penas infinitas, ajeno a sonrisas perecibles,
que dios o algún representante sigan su camino lejos de mi aliento,
recordarte a tí y vivir en el desierto.
Nunca necesité a dios, te tuve a tí…
Te idolatré silente, mas allá de mi propia mente
Crucé los bordes de mis propios genes,
sin importar lo que ocurriese entre mis sienes.
Lo desprecié a todo, los ignoré a todos y es que no eran tú…
Nadie me cuestionó, mucho menos se me acusó de haber perdido la razón,
solo respeto y silencio al ver a través de mis ojos la apacible indiferencia del que ama.
Pero la ira comenzó a brotar, y creció… como creció…
Era el desprecio contra quien te adora tal cual eres,
el asco ante quien te acepta sin ribetes,
la crueldad ante todo aquel que no puede ser quien quieres…
Cuando el amor venturoso que se vislumbraba como una promesa de éxito trascendente
se convierte en mirada vacía, callado hastío y traición inminente.
Hoy sí necesito a dios, tú no estás…
Desesperé silente, mas allá de mi piel viviente.
Recé porque no volvieras, porque no regresase ese ‘otro’ ser
que usurpó el cuerpo de quien fue mi reconciliación con el mundo;
el ladrón de aquel que me quitó el velo de ensueño negro.
Quien incluso antes de sus besos y previo a ver su rostro,
me dió a sentir humedad de labios y dulzura de semblante.
Sin dios y sin ti en una ciénaga de incertidumbre,
sin mirar al cielo y sin beber de un prospecto dulce.
No quiero morir ni desfallecer ante el olvido,
quiero reír y brindar porque has partido.
Agradecer al destino por romper atavíos,
por enviarme lejos de una cadena blanca que amenazaba comerse mis entrañas.
Quiero no volver a necesitar amaneceres,
robar el sol, tener su cálido masaje en el rostro cuando lo necesite.
Vivir brindando, lejos de penas infinitas, ajeno a sonrisas perecibles,
que dios o algún representante sigan su camino lejos de mi aliento,
recordarte a tí y vivir en el desierto.
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