jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
vivíamos a las afueras de uno de esos
somnolientos pueblos al sur de inglaterra
en la costa de cornualles
y ella pintaba por las tardes junto al borde
de aquel rocoso acantilado
y la brisa del mar agitaba su cabellera rubia
que brillaba al sol como un incendio
entre la hierba verde que crecía en los campos
ese esplendoroso y perfecto verano
yo solía escribir poesía y tomar ginebra
o irme en bicicleta a recorrer las tabernas
de las aldeas rurales circundantes
pero a veces me quedaba simplemente
acechando detrás del ventanuco del desván
dedicando horas absorto a contemplarla
-su fantástica cabellera, el pincel en la mano-
imaginando aquel escalofriante acantilado
apenas a un ligero empujón de distancia
los cortantes filos de las rocas abajo
los pequeños cangrejos desplazándose rígidos
sobre los guijarros bañados por las olas
de aquel mar gris, al fondo del abismo
¿qué quedaría de un cuerpo al caer allí
desde una altura de 60 metros?
¿meterían sus pinzas los rabiosos cangrejos
en el cráneo deshecho para pescar las partes
más blandas del cerebro y devorarlas?
hoy vivo en montecarlo, en un dúplex
que compré con el dinero que me dieron
por la venta de sus cuadros
si ella viviera seguro se sorprendería
de lo que alguna gente paga por ellos​
somnolientos pueblos al sur de inglaterra
en la costa de cornualles
y ella pintaba por las tardes junto al borde
de aquel rocoso acantilado
y la brisa del mar agitaba su cabellera rubia
que brillaba al sol como un incendio
entre la hierba verde que crecía en los campos
ese esplendoroso y perfecto verano
yo solía escribir poesía y tomar ginebra
o irme en bicicleta a recorrer las tabernas
de las aldeas rurales circundantes
pero a veces me quedaba simplemente
acechando detrás del ventanuco del desván
dedicando horas absorto a contemplarla
-su fantástica cabellera, el pincel en la mano-
imaginando aquel escalofriante acantilado
apenas a un ligero empujón de distancia
los cortantes filos de las rocas abajo
los pequeños cangrejos desplazándose rígidos
sobre los guijarros bañados por las olas
de aquel mar gris, al fondo del abismo
¿qué quedaría de un cuerpo al caer allí
desde una altura de 60 metros?
¿meterían sus pinzas los rabiosos cangrejos
en el cráneo deshecho para pescar las partes
más blandas del cerebro y devorarlas?
hoy vivo en montecarlo, en un dúplex
que compré con el dinero que me dieron
por la venta de sus cuadros
si ella viviera seguro se sorprendería
de lo que alguna gente paga por ellos​