César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
A eso de las nueve o las diez, quién puede saberlo exactamente, se terminó todo. Lo terminé. Se me perdió el sentido. Así deben ser los agujeros negros esos de los que hablan los científicos. Uno es y luego ya no. O la muerte. caminar sobre la tabla del barco hasta acabarse e ir a dar al agua. O la guillotina. Yo estuve vivo un tiempo a costa de su vida. Como un vampiro. Parasitando su alma. No es justo ¿verdad? Si uno nació para morir debe morir y punto.
A las 12.27, y antes, y probablemente después, sigo con la tentación urgente de llamarla, buscarla, devolver el vida-video... olvidar lo dicho, olvidar lo real, olvidarlo todo. Por enésima vez miro el teléfono. Nada. No me escribe. ¿Qué me va a estar escribiendo?
Me sonrío con tristeza al recordar todas las diferencias, los problemas, a los que como poetas (ella poeta, yo irresponsable) quisimos enfrentarnos. Ella con toda la pasión de sus juveniles años. Yo con muy poquita fe, aunque por un momento la tuve, y confié, y permití ¡Iluso!
Y aquí estoy, atrapado entre letras sin saber cómo respirar cuando debería estar desapareciendo, de una vez, de este mundo. Uno debería poder morirse, fácilmente, cuando quiere; no cuando puede, como bien lo apuntó García Márquez en Cien Años de Soledad. Por cierto, llevo ya como cien minutos, cien siglos (cien lustros, diría ella... le gustan los lustros) de soledad. Solo se ven navajas y balas en lo adelante ¡Qué día tan malo!
Ella escribe y yo me meto en sus letras, ávido de su esencia. La visito de incógnito; siempre querré saber por qué las deudas de amor deben saldarse con tormento y sufrimiento. Estoy sin piso, cayendo en el vacío.
Estoy, sí, sin piso, muerto de vacío interior y miedo, cayendo hacia la absoluta nada.
Abril y... no sé; qué importa / César Guevara / 2014.
A las 12.27, y antes, y probablemente después, sigo con la tentación urgente de llamarla, buscarla, devolver el vida-video... olvidar lo dicho, olvidar lo real, olvidarlo todo. Por enésima vez miro el teléfono. Nada. No me escribe. ¿Qué me va a estar escribiendo?
Me sonrío con tristeza al recordar todas las diferencias, los problemas, a los que como poetas (ella poeta, yo irresponsable) quisimos enfrentarnos. Ella con toda la pasión de sus juveniles años. Yo con muy poquita fe, aunque por un momento la tuve, y confié, y permití ¡Iluso!
Y aquí estoy, atrapado entre letras sin saber cómo respirar cuando debería estar desapareciendo, de una vez, de este mundo. Uno debería poder morirse, fácilmente, cuando quiere; no cuando puede, como bien lo apuntó García Márquez en Cien Años de Soledad. Por cierto, llevo ya como cien minutos, cien siglos (cien lustros, diría ella... le gustan los lustros) de soledad. Solo se ven navajas y balas en lo adelante ¡Qué día tan malo!
Ella escribe y yo me meto en sus letras, ávido de su esencia. La visito de incógnito; siempre querré saber por qué las deudas de amor deben saldarse con tormento y sufrimiento. Estoy sin piso, cayendo en el vacío.
Estoy, sí, sin piso, muerto de vacío interior y miedo, cayendo hacia la absoluta nada.
Abril y... no sé; qué importa / César Guevara / 2014.