Síncope de muerte

ivoralgor

Poeta fiel al portal
Se acaban las luces en los senderos. La voz se duerme en los idilios del firmamento desolado.

- Mira, esto no es cómo lo imaginé.
- No sigas. Vete.
- Antes de irme quiero dejar todo en claro y sin duda alguna.
- Por favor, vete.
- ¿Me dejas darte un beso?

El silencio se hizo nudo en una estrella solitaria que desentonaba la negritud de la noche.

- Creo que es lo mejor. Me iré.
- Sí, es lo mejor.

Los cerrados ojos dieron paso al sueño. La mitad de los deseos se fugaron en los labios de aquel que se marchó y la otra mitad se aferró a la somnolencia del cansancio. Varado se quedó el beso en la piel del desdeño y en la mantilla color cielo encarnado. El eco del adiós se hizo hecatombe en las afueras de una lujuria reprimida.

- Perdón, ¿puedo despertarte?

Afligidos los dedos arañaban la espalda de un silencio amnésico. Abotonadas las ganas emitían un silbido quedo, casi runruneo, calados en la cúspide del abandono total. Fue la última noche que suplicó aquel que se marchó, la última vez que le permitieron resonar, la noche en que murió crucificado al beso varado en la piel del desdeño y en la mantilla color cielo encarnado.
 

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