julietagris
Poeta recién llegado
Bajo la mirada y siendo estas sus únicas palabras en tan reiterados y fugaces encuentros, dijo: el amor es una dura piedra del rio. Camino hacia la puerta y dejo caer los cristales de la copa que por un instante fueron la cuna de su vino. Aquella mujer que como siempre estaba en silencio y desnuda , dejo estallar sus mares en la almohada y así sin perseguir nocturnas esencias dejo que se fuera aquel hombre, que tenia un frio conocido en mortales mañanas de vida asistida.
Luego las cosas, las formas, los olores hablaron de los actos y de los hombres y el polvo, diminuta esencia que se vislumbraba a través de rayos de sol que con dificultad se filtraban en el mundo de los amorosos, hicieron de los detalles una levedad que pasmaba.
Así por días enteros donde solo estaban ella y los escenarios, no mucho podía importar. ¿Que saben las mariposas de la eternidad?, esos lepidópteros siempre morían en aquella pizarra, no importaba donde estuviera, siempre llegaban a su ultima puerta. No era necesario entender las razones de la partida o llegada de aquel hombre, a fin de cuentas no era nada diferente de sus muslos hirviendo en calores, lo que aquel ser buscaba, encender sus incorrectas costumbres abiertas en el sexo y sentirse luego colmado de culpas, sin saber estas de donde provenían, pero eran capaces de reventar los apelmazados recuerdos que cargaba fielmente.
¿Que puede hacer una crisálida nocturna cuando la busca el abrigo y la luz?, ¿Que podía hacer aquella mujer ante la tentación de un cuerpo cálido y repetido después de tanta vida y cuerpos?. Acostumbrarse a las caricias y a las formas era mucho para ella, aunque cerrara sus ojos ya podía reconocer sus manos. Reconocerlas en manos que no eran las manos de él. Era su suerte y feliz a veces creía que podía ser eterno.
Amar, amarlo a él, era poder sentir el ser de aquel silencioso hombre en cualquier otro humano. Él como condenado por el destino perseguía la suerte de llamarse Sinuhé, ella tal vez sin importar mucho la verdad, inventaría el nombre para su oficio, Sherezada, para contar con su cuerpo sus mil y una historias a sus amantes. ¿Quien sabe que se sentirá amar al enemigo del mundo, al perseguido?, Él camina a la estrella de algún David, mientras ella deja estallar sus mares en la almohada y escucha hablar de la perfección de su raza en el orgasmo acabado de algún visitante. Que importan las razones de los desencantos, finalmente ella también espera morir con las mariposas.
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