Truena un caballo dentro del jinete
en percusión de sístole y llanura;
y otro caballo, fuera, de amargura
va apagando el compás de su jarrete.
El viento espira alisos de falsete,
aliento seductor y brisa oscura,
y a un malévolo rostro de locura
la hoja es corona; el vendaval, ribete.
«Ven conmigo a jugar, dulce pequeño;
sal de ese bosque tenebroso y seco;
sembraremos de asfódelos un huerto».
«¡Padre mío: arráncame este sueño!».
Lo exclama el niño, lo repite el eco...
El eco de una voz de un niño muerto.
Nota. Este soneto recrea el poema de Goethe titulado «Erlkönig» («El rey de los alisos»). Se trata de un poema terrible que pinta una incomprensible escena de angustia: un hombre cabalga a toda prisa llevando a su hijo en brazos para escapar de un ser fantasmal que quiere llevarse al niño. No sabemos nada más: es una amenaza sin causa conocida, un mal desatado imposible de comprender, y una huida tan irracional como fracasada. Franz Schubert puso música a este poema, logrando uno de sus más famosos lieder. Los cuatro personajes (el narrador, el padre, el hijo y el rey) están magistralmente caracterizados por la línea de canto sobre una pasiaje pianístico de indescriptible agitación; es como una pequeña ópera de cuatro minutos. Dejo la versión clásica y magistral interpretada por el barítono Dietrich Fischer-Dieskau y el pianista Gerald Moore. Esta versión de gran fuerza dramática contiene una inteligente matización del canto de los cuatro personajes, algo fundamental en la interpretación de esta canción: el padre, con voz grave y segura, trata de tranquilizar al hijo; el hijo se va desesperando cada vez más hasta llegar a gritar más que cantar; el rey canta con una voz algo afalsetada y antinatural que le proporciona ese carácter fantástico e irreal propio del personaje; y el narrador, en fin, acaba desolado, casi hablando, en un canto que anticipa casi un siglo el Sprechgesang de la música expresionista alemana. Una interpretación, como digo, insuperable, donde la poesía y la música son ya una misma cosa, y no sabríamos decir si fue primero el poema o la canción.
en percusión de sístole y llanura;
y otro caballo, fuera, de amargura
va apagando el compás de su jarrete.
El viento espira alisos de falsete,
aliento seductor y brisa oscura,
y a un malévolo rostro de locura
la hoja es corona; el vendaval, ribete.
«Ven conmigo a jugar, dulce pequeño;
sal de ese bosque tenebroso y seco;
sembraremos de asfódelos un huerto».
«¡Padre mío: arráncame este sueño!».
Lo exclama el niño, lo repite el eco...
El eco de una voz de un niño muerto.
Nota. Este soneto recrea el poema de Goethe titulado «Erlkönig» («El rey de los alisos»). Se trata de un poema terrible que pinta una incomprensible escena de angustia: un hombre cabalga a toda prisa llevando a su hijo en brazos para escapar de un ser fantasmal que quiere llevarse al niño. No sabemos nada más: es una amenaza sin causa conocida, un mal desatado imposible de comprender, y una huida tan irracional como fracasada. Franz Schubert puso música a este poema, logrando uno de sus más famosos lieder. Los cuatro personajes (el narrador, el padre, el hijo y el rey) están magistralmente caracterizados por la línea de canto sobre una pasiaje pianístico de indescriptible agitación; es como una pequeña ópera de cuatro minutos. Dejo la versión clásica y magistral interpretada por el barítono Dietrich Fischer-Dieskau y el pianista Gerald Moore. Esta versión de gran fuerza dramática contiene una inteligente matización del canto de los cuatro personajes, algo fundamental en la interpretación de esta canción: el padre, con voz grave y segura, trata de tranquilizar al hijo; el hijo se va desesperando cada vez más hasta llegar a gritar más que cantar; el rey canta con una voz algo afalsetada y antinatural que le proporciona ese carácter fantástico e irreal propio del personaje; y el narrador, en fin, acaba desolado, casi hablando, en un canto que anticipa casi un siglo el Sprechgesang de la música expresionista alemana. Una interpretación, como digo, insuperable, donde la poesía y la música son ya una misma cosa, y no sabríamos decir si fue primero el poema o la canción.
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