Asklepios
Incinerando envidias
Sobre la capa más antigua del cielo, el espacio proclamó su inquietud ante el desagradable e intenso ruido que originó el regreso certero de lo inesperado y la crueldad que lo cubría. Fue entonces cuando el mar se mostró, por fin, como lo que era: una simple confusión de olas y espuma de una inocencia atareada en esquivar nuevas derrotas, que tan fáciles le son de compartir. Así, por ejemplo, cuando es capaz de contagiarnos de nostalgia, (algo, por cierto, que nunca le ha resultado complicado), hace que ésta no deje de arrastrarse entre nuestras ausencias, tristezas, recuerdos… mientras va dejando, entre los recovecos de nuestras almas, su pegajosa huella: ese dolor tan amargo al que nadie puede evitar. Y es entonces, que es posible escuchar los latidos de la penumbra, que sin descanso, disfruta mordisqueando la levedad de sus formas. Todos y cada uno, -sin excepción-, de los testigos que han podido presenciar tan singular suceso han confesado que, a partir de ese momento, no han dejado de ser conscientes de que todo lo inolvidable que han ido conservando a lo largo de sus vidas, no ha dejado de mecerse entre la innegable levedad que al olvido define.