Sobre revoluciones y penas

Hernán Alvarez

Poeta recién llegado


Cándido Herbert
al final de cuentas
Nietzsche tenía toda la razón
fue el conocimiento nomas
un mortífero
y siniestro invento
y en su primera chispa de ilusión
engendró el dolor
y ya con el dolor
en la desembocadura
del vientre de este planeta
engendró la primer célula de vida
de este pantano presuroso
que se mueve y se agita
a pura fuerza
y a pura comba
a puro efecto de ese inmaduro
y enhebrado razonamiento
desalineado siempre
con el estómago del mundo

y es que siempre hay olor
donde hay dolor
olor a carne fresca
a sangre derramada
a bastardas ideas echando humo
humo que tiñe
que fabrica y estimula
lisas soledades
de agujeros negros
que osan llamarlos
contradicciones



y donde hay olor y dolor
de huesos en desuso
y conspicuas contradicciones
hay manzana Newtoniana
hambreada por el hombre
hay lujuria Copernicana
lustrándose las botas
hay sedición
y hay seducción
hay enjambres de moscas
almibarando siempre
al que licua y centrifuga
al que aplasta y desvanece
el mito del ojo
y la libertad de su abismo


pero también

donde hay dolor
y lujosas contradicciones
y un ojo que no resiste el mito
que empuja para inventarse
y re-inventarse
para acaparar la realidad
de su historia y sus pecados
y abrir las aguas del conocimiento

hay revolución
pariendo su osamenta



hay tristeza que se violenta
y se desprende
de su encerado pelaje
de su olor de sangre y humo
de humo humano
de humo muerto que renace
de escarcha herida que no se doblega
y no hay tregua
y no hay cuartel
no hay palabras cruzadas
que des-cifren
el nombre de la muerte

y tú
Herbert
voraz centinela de mi memoria
que a esta altura
ya asumiste y aceptaste
que Nietzsche tenía razón


lanzaste tu anclada perinola
y me hablaste
sin rabia y sin decoro
me contaste el cuento
para ir a dormir
y martillar el sueño
con nefastos girondinos
y salvajes jacobinos
con ese bestiario esquizofrénico
que veo todavía
detrás de las cortinas
mendigando sin vergüenza
sus pulcras banderas
de Marx y Hegel
de Lenin y Stalin
y de tantos otros
tironeando las astas
de un toro sin cabeza
y sin manija
de un yelmo filosófico
que se pudre día a día





y yo aquí
Herbert


embutido y sonámbulo
en mi historia universal
envuelto en excremento
en un paradigma de hormigas
recogiendo como puedo
todos los olores
todas las contradicciones
de los mismos dolores
y busco quiero enloquezco
trato
de iluminar al sol
con la sombra de mi conocimiento
con mi espejo roto devorándome los ojos


y así salgo a la calle
Herbert,
desnudo
y absorto de tanta agonía
a gritar mi nombre
a soltar mis olores
y aniquilar mis dolores
a afiebrarme por lo eterno
y lapidario
de una Revolución chamuscada
que fuma "paco" y te tira las sobras
que ya su sangre no llega al río
porque lo han vaciado
y lo han cubierto
de fibra óptica
y alquitrán de algún satélite
para que todo fluya
para que todo viaje
a la velocidad de la luz
(así de rápido)
para que no lo veamos


pero
como mano sagrada
que mece la cuna,

Herbert



Rivera me intercepta
me abraza y me sosiega
me dibuja un Castelli moribundo
de lengua putrefacta
gallarda y cancerosa
en los labios del infierno
apurando
antes que el nudo lo aprisione
en su último grito
en su última plegaria
apurando sus últimas palabras
de su última oratoria:


¿Qué Revoluciones

compensarán finalmente

las penas de los hombres?









Algunas referencias de hipertexto que tal vez sean necesarias.

Herbert Marcuse, filósofo y sociólogo judío de nacionalidad alemana y estadounidense, fue una de las principales figuras de la primera generación de la Escuela de Frankfurt. Creía, entre tantas cosas y sin ser iluso, en el poder revolucionario del arte, ya que en él se refugian y se mantienen, aquellos valores que la sociedad ha ido perdiendo. Muchos historiadores atribuyen su influencia ideológica en el recordado Mayo Francés.


Andrés Rivera, seudónimo de Marcos Ribak, es un escritor argentino nacido en el barrio porteño de Villa Crespo, en 1928. Hijo de inmigrantes, fue, sucesivamente, obrero textil, periodista y escritor. En 1992 recibió el Premio Nacional de Literatura por su novela "La revolución es un sueño eterno", donde narra justamente, las memorias de Castelli. La frase al final del poema en negrita y bastardilla, es una frase homónima del final de dicha novela


Juan José Antonio Castelli (Buenos Aires, 19 de julio de 1764 - 12 de octubre de 1812) fue un abogado y político de las Provincias Unidas del Río de la Plata, actual República Argentina. Conocido como «el Orador de Mayo», se caracterizó junto a Mariano Moreno por su enérgico apoyo a la Revolución de Mayo. Fue miembro de la Primera Junta, cuerpo colegiado que asumió el gobierno tras dicha revolución. Un prócer de nuestro primer Gobierno Patrio, el gran orador de nuestra Revolución de Mayo y, paradójicamente, murió de un cáncer de lengua. Al parecer sus últimas palabras fueron: "si ves al futuro dile que no venga".


El "paco" es la llamada pasta base, la nueva droga que se fabrica con los residuos de la producción de la cocaína y está haciendo verdaderos estragos en nuestra sociedad.

Muchísimas gracias por su lectura!!!
 
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