La luz se esconde escarlata
por el “Serantes” tan gris
que me parece de lata.
La noche llega a veces
con sus sombras dentro.
Su quietud es tan densa
que cualquier ruido la hiere
como se hiere a los niños
con la mentira del silencio.
La noche es tan oscura
que no se ven las estrellas
como cuando sueñas
un sueño de muerte
y se te mete dentro ese miedo
que te deja la noche en vela
para no volver a “verlo”.
La noche a veces es tan fría
que no te encuentro,
me desvela y me inquieta
igual que los cuentos de “ánimas”
en noches de campamento.
A esas noches tan largas
sólo me las alegra el día
cuando rompen inquietas
las luces por mi persiana
y me despiertan suaves,
raya a raya,
matizando de amarillo
mi colcha y mi almohada;
entonces los tonos ocres
me sosiegan, me descansan
y el sueño entra en mí,
como la luz en mi cama,
lista a lista,
tenue y callada,
y como una droga solemne
en mi cuerpo se derrama,
y me aquieta y me apaga
sabiendo que dentro de poco
será la mañana,
la que me vence inquieta
para despedir a la alborada.
por el “Serantes” tan gris
que me parece de lata.
La noche llega a veces
con sus sombras dentro.
Su quietud es tan densa
que cualquier ruido la hiere
como se hiere a los niños
con la mentira del silencio.
La noche es tan oscura
que no se ven las estrellas
como cuando sueñas
un sueño de muerte
y se te mete dentro ese miedo
que te deja la noche en vela
para no volver a “verlo”.
La noche a veces es tan fría
que no te encuentro,
me desvela y me inquieta
igual que los cuentos de “ánimas”
en noches de campamento.
A esas noches tan largas
sólo me las alegra el día
cuando rompen inquietas
las luces por mi persiana
y me despiertan suaves,
raya a raya,
matizando de amarillo
mi colcha y mi almohada;
entonces los tonos ocres
me sosiegan, me descansan
y el sueño entra en mí,
como la luz en mi cama,
lista a lista,
tenue y callada,
y como una droga solemne
en mi cuerpo se derrama,
y me aquieta y me apaga
sabiendo que dentro de poco
será la mañana,
la que me vence inquieta
para despedir a la alborada.