SOLEDADTantas noches en blanco entre esas cuatro paredes le resultaban insufribles. Descalza, con pasos sigilosos, se deslizaba suavemente por la casa sin apenas rozar el suelo; sentía como su alma se golpeaba en vanos intentos de traspasar los impenetrables muros de su encierro. Con decisión, se dirigió al antiguo ropero de caoba con puertas de espejo, legado de su abuela materna. Trató de buscar en aquella mujer pálida, escuálida y ojerosa, que se reflejaba en el espejo, restos de la joven vital que un día fue. Abrió las puertas con determinación y escogió rápidamente su atuendo; se vistió precipitadamente ocultando el pijama bajo un largo abrigo negro y botas altas a juego; anudándose al cuello su bufanda roja "de la suerte"; escogió como signo de valor, aquél llamativo sombrero rojo que jamás se atrevió a usar; por último un ligero toque de carmín en los labios; documentos y tarjetas. Miro alrededor, ningún recuerdo que quisiera llevarse. Se dirigió al dormitorio y echó un último vistazo a su marido que roncaba, como siempre, a pierna suelta; observó que su espacio en la cama era cada vez más diminuto, como sucedía con casi todos los lugares comunes. Soledad sentía que esta pérdida iba estrechamente unida a la de su dignidad. Cerró la puerta tras de si sintiendo el aire frío en su rostro como una caricia; respiró profundamente antes de sumergirse de lleno en el mágico mundo de la noche y caminó sin mirar atrás oyendo el sonido de sus pasos en libertad
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