Alex Courant
Poeta adicto al portal
Soliloquio de picos tiene la negra montaña,
manos que se desangran, dientes que chirrían,
férreas extremidades como órganos de viento,
frentes y rostros el vértigo iluminando;
ecos atronadores con las voces calcinadas:
diálogos que gotean de la oscuridad
y alimentan los bosques de lo invisible.
Carros van, carros vienen.
Lunas nacen, los soles se apagan.
Florecidos fantasmas del infinito derrotado,
de la fatiga transparente,
del sudor inmolado,
de los pulmones bajo el sopor último
muestran su tempestad que no mueve hojas.
Apariciones fulminantes del relámpago,
fábulas del cinismo y la fatuidad,
atrincheradas ecuaciones de la nostalgia:
El aguardiente es un colérico dios en las venas,
los dedos son el eco de los campanarios,
el corazón en blanco es un perro enceguecido.
Como vísceras que entretejen el infortunio
las palas abren puertas, ventanas, al pozo sin agua;
domesticando van a la tiniebla virgen,
penetran con el falo de la quimera
a la caliente médula del azufre y el furor.
La oscuridad entronizada es un gran lobo
que degüella corderos de cordura,
y tal un círculo que su voz no cesa
la tea de la muerte se acrecenta,
se arredran de su tallo a las flores,
se cambian a canarios por buitres,
se espabila el cirio de la vida.
Todo, como un espeso túnel,
posee la angustiosa necesidad de cavarse,
de seguir como el agua horadando la piedra,
de seguir descubriendo en cada nueva barbarie
el sabor que el hambre deja en la boca.
Todos somos el ciego en la gruta,
la oscuridad en el fulgido diamante,
la náusea y los astros molidos.
Vamos rompiendo muros, guijarros,
hasta sus partes más ínfimas.
Largas raíces tienen los hombres en la tierra,
alineados sus ojos se han abierto como frutos
y su semilla de ojos ha hecho la luz.
Hombres que cuando caminan o copulan o sueñan
regresan a un antiguo vientre,
retornan como ciegos relojes
a labrar un camino en la piedra hecho de sangre y polvo.
.
manos que se desangran, dientes que chirrían,
férreas extremidades como órganos de viento,
frentes y rostros el vértigo iluminando;
ecos atronadores con las voces calcinadas:
diálogos que gotean de la oscuridad
y alimentan los bosques de lo invisible.
Carros van, carros vienen.
Lunas nacen, los soles se apagan.
Florecidos fantasmas del infinito derrotado,
de la fatiga transparente,
del sudor inmolado,
de los pulmones bajo el sopor último
muestran su tempestad que no mueve hojas.
Apariciones fulminantes del relámpago,
fábulas del cinismo y la fatuidad,
atrincheradas ecuaciones de la nostalgia:
El aguardiente es un colérico dios en las venas,
los dedos son el eco de los campanarios,
el corazón en blanco es un perro enceguecido.
Como vísceras que entretejen el infortunio
las palas abren puertas, ventanas, al pozo sin agua;
domesticando van a la tiniebla virgen,
penetran con el falo de la quimera
a la caliente médula del azufre y el furor.
La oscuridad entronizada es un gran lobo
que degüella corderos de cordura,
y tal un círculo que su voz no cesa
la tea de la muerte se acrecenta,
se arredran de su tallo a las flores,
se cambian a canarios por buitres,
se espabila el cirio de la vida.
Todo, como un espeso túnel,
posee la angustiosa necesidad de cavarse,
de seguir como el agua horadando la piedra,
de seguir descubriendo en cada nueva barbarie
el sabor que el hambre deja en la boca.
Todos somos el ciego en la gruta,
la oscuridad en el fulgido diamante,
la náusea y los astros molidos.
Vamos rompiendo muros, guijarros,
hasta sus partes más ínfimas.
Largas raíces tienen los hombres en la tierra,
alineados sus ojos se han abierto como frutos
y su semilla de ojos ha hecho la luz.
Hombres que cuando caminan o copulan o sueñan
regresan a un antiguo vientre,
retornan como ciegos relojes
a labrar un camino en la piedra hecho de sangre y polvo.
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