Manuel Bast
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hoy nuestro adiós decides, mi amor, y te confieso
que dejo tu aposento desecho y desolado,
he de iniciar el viaje del que ya no hay regreso
llevando en mi bagaje todo cuanto me has dado:
espinos lacerantes hincados en el hueso
como laurel luctuoso de aquel perdón negado,
y en ominoso pago de aquel último beso
los salitrosos surcos del llanto apaciguado.
En la estación de trenes se anuncia mi partida
y abordo soledades que amainan ilusiones
cruzando derroteros que han de borrar mis huellas.
Un tren sin esperanza, sin rumbo, sin salida,
divaga entre los rieles cubiertos de rispiones,
bajo grotescas sombras de unas viejas barcellas.
que dejo tu aposento desecho y desolado,
he de iniciar el viaje del que ya no hay regreso
llevando en mi bagaje todo cuanto me has dado:
espinos lacerantes hincados en el hueso
como laurel luctuoso de aquel perdón negado,
y en ominoso pago de aquel último beso
los salitrosos surcos del llanto apaciguado.
En la estación de trenes se anuncia mi partida
y abordo soledades que amainan ilusiones
cruzando derroteros que han de borrar mis huellas.
Un tren sin esperanza, sin rumbo, sin salida,
divaga entre los rieles cubiertos de rispiones,
bajo grotescas sombras de unas viejas barcellas.