Caliente mañana de Domingo de Ramos
en el recóndito pueblo de Buena Vista,
donde, entre humaradas y solemnidades,
se vivió aquella desconocida desdicha.
Y es que, en la vieja y polvorienta iglesia,
además de dos monjas y diez feligresas,
se colaban, lejos ya de las despensas
sombras negras, no gratas de indulgencia.
El anciano y ferviente sacerdote,
desde el púlpito predicaba con tesón
mas, sigilosa, una sombra ascendía
y, en piadoso sigilo, al cáliz se zambullía.
Al verter el vino, el buen cura nada notó,
y con ese temporal fruto de la vid,
a la huésped indeseada bien remojó:
una aliñada bebida de salvación.
Ingenuo el padre, la consagración siguió,
comió el pan con parsimonia: era ese, el Señor.
Al beber, en el fondo del cáliz miró
a la de seis patas, luchando en su horror.
Cura preconciliar, devoto y cabezón,
"Enchumbada en la sangre de Cristo", tragó.
Las piadosas feligresas, arrodilladas,
no entendían tanta mueca y desazón.
Desde aquel día, nunca más se vió
a Ubencio, el sacristán descuidado y mayor,
que olvidaba limpiar la iglesia de Couce,
el párroco, que por su respeto y devoción,
en Buena Vista fue llamado "Cucarachón".
en el recóndito pueblo de Buena Vista,
donde, entre humaradas y solemnidades,
se vivió aquella desconocida desdicha.
Y es que, en la vieja y polvorienta iglesia,
además de dos monjas y diez feligresas,
se colaban, lejos ya de las despensas
sombras negras, no gratas de indulgencia.
El anciano y ferviente sacerdote,
desde el púlpito predicaba con tesón
mas, sigilosa, una sombra ascendía
y, en piadoso sigilo, al cáliz se zambullía.
Al verter el vino, el buen cura nada notó,
y con ese temporal fruto de la vid,
a la huésped indeseada bien remojó:
una aliñada bebida de salvación.
Ingenuo el padre, la consagración siguió,
comió el pan con parsimonia: era ese, el Señor.
Al beber, en el fondo del cáliz miró
a la de seis patas, luchando en su horror.
Cura preconciliar, devoto y cabezón,
"Enchumbada en la sangre de Cristo", tragó.
Las piadosas feligresas, arrodilladas,
no entendían tanta mueca y desazón.
Desde aquel día, nunca más se vió
a Ubencio, el sacristán descuidado y mayor,
que olvidaba limpiar la iglesia de Couce,
el párroco, que por su respeto y devoción,
en Buena Vista fue llamado "Cucarachón".