Nýcolas
Poeta asiduo al portal
¡Ay! Ciencia / Tú, que tergiversas los misterios / Tú, que entre vendas / procuras lo maduro y serio / Ansías la Razón sin razón de serlo.
Leyendas de oro, bronce y plata nacen como cual flor de rubí emerge del mítico jardín sacro secreto. Mitos muertos resurgen de la muerte a la vida, vivos. Erízase la tierra al oír el mágico recitar de aquel gran Origen. Rebeldes aguas no cesan mientras súbito júbilo ellas expresan. Viento poético acaricia (suave) aquellos pétalos de espesa sangre.
Bajo la sombra del sueño de los dioses, soñamos nosotros, los hombres. Luna llena que ilumina lunáticos, luna nueva que desarrolla maniáticos. Clara luz mortífera, verdadera y terrorífica alumbra el alma de la muerte y la esencia del no verle, horrorífica. Manifiéstanse sus huesos como polvo vencido de hada resignada, mas aliméntase éstos de los sueños perdidos en la nada. Rotas penumbras reflejan las sombras perdidas, aquellas sombras, que aunque amadas, jamás encontradas.
La pálida luz divídese como cual laberinto de espejos de nieblas, refractada y oscura empalidece nuestra sombra. Enfáticas nubes cubren la esfera ancestral, piérdense en el ensueño el cielo, la luna y las estrellas.
Ahora, nuestra sombra está dentro de una sombra, como cuando nosotros soñamos dentro de un sueño.
¿Es ésta la noche? Árboles ilustrados, subyaciendo en la natura, bajo este frío de inverno que perece; ¡Oh! gran parte del arte de la creadora Madre.
Noche envuelta en sombras de fuego. ¡Arde la oscuridad! ¡Arde el silencio! llamas negras crean ésta música que aún no es música. Como cuando el tiempo era creado aún cuando el tiempo no era tiempo.
-Pide un deseo...-, susurró el hada agonizando. Cuando la misteriosa voz emergió de las profundidades del misterio... le respondió -Deseo poseer todos los deseos.- Su voz, irreal, mítica e inmortal, hizo que los oídos de la pequeña hada comenzaran a sangrar... ésta lloraba silenciosamente de dolor mientras que como vieja estrella... apagábase.
El universo estaba de luto. Lluvia nocturna cosechó, en donde aquella pequeña señorita había muerto, un particular nuevo y peculiar, amor inmortal.
La música del silencio ahora parecía apagarse... mas contrastábase y daba lugar a aquella música de las cristalizadas gotas del dolor. Expresábase el sufrimiento.
No obstante, infinitos deseos poblaban las tierras y los mares, las cavernas y las cuevas de los más remotos lugares. Así, estos deseados deseos se hicieron luz; no luz de luna..., ni luz de sol..., simple y atrózmente: luz de luz.
[Soñando dentro de un sueño lo soñado mientras nos sueñan]
Hágase el Amor. Pronunció un desconocido silente. Un coro de ecos presentimentales inundaban el pentagrama del Caos; en clave de alfa.
La continuación de este escrito se ha perdido, me dije en aquel momento. Luego, como cual regalo del Cielo, un equivalente en bellas palabras me ha caído desde los aposentos de la Noche. Palabras que son más que palabras en letras que son más que letras, tesoro divino del beso que porta cada estrella, resguardo en un inmortal infinito amor dentro de la cajita parlante de mi corazón: el eterno diamante del espíritu.
Es esta la videncia en evidencia de que, como he dicho en alguna ocasión, «el universo nada desperdicia jamás».
Leyendas de oro, bronce y plata nacen como cual flor de rubí emerge del mítico jardín sacro secreto. Mitos muertos resurgen de la muerte a la vida, vivos. Erízase la tierra al oír el mágico recitar de aquel gran Origen. Rebeldes aguas no cesan mientras súbito júbilo ellas expresan. Viento poético acaricia (suave) aquellos pétalos de espesa sangre.
Bajo la sombra del sueño de los dioses, soñamos nosotros, los hombres. Luna llena que ilumina lunáticos, luna nueva que desarrolla maniáticos. Clara luz mortífera, verdadera y terrorífica alumbra el alma de la muerte y la esencia del no verle, horrorífica. Manifiéstanse sus huesos como polvo vencido de hada resignada, mas aliméntase éstos de los sueños perdidos en la nada. Rotas penumbras reflejan las sombras perdidas, aquellas sombras, que aunque amadas, jamás encontradas.
La pálida luz divídese como cual laberinto de espejos de nieblas, refractada y oscura empalidece nuestra sombra. Enfáticas nubes cubren la esfera ancestral, piérdense en el ensueño el cielo, la luna y las estrellas.
Ahora, nuestra sombra está dentro de una sombra, como cuando nosotros soñamos dentro de un sueño.
¿Es ésta la noche? Árboles ilustrados, subyaciendo en la natura, bajo este frío de inverno que perece; ¡Oh! gran parte del arte de la creadora Madre.
Noche envuelta en sombras de fuego. ¡Arde la oscuridad! ¡Arde el silencio! llamas negras crean ésta música que aún no es música. Como cuando el tiempo era creado aún cuando el tiempo no era tiempo.
-Pide un deseo...-, susurró el hada agonizando. Cuando la misteriosa voz emergió de las profundidades del misterio... le respondió -Deseo poseer todos los deseos.- Su voz, irreal, mítica e inmortal, hizo que los oídos de la pequeña hada comenzaran a sangrar... ésta lloraba silenciosamente de dolor mientras que como vieja estrella... apagábase.
El universo estaba de luto. Lluvia nocturna cosechó, en donde aquella pequeña señorita había muerto, un particular nuevo y peculiar, amor inmortal.
La música del silencio ahora parecía apagarse... mas contrastábase y daba lugar a aquella música de las cristalizadas gotas del dolor. Expresábase el sufrimiento.
No obstante, infinitos deseos poblaban las tierras y los mares, las cavernas y las cuevas de los más remotos lugares. Así, estos deseados deseos se hicieron luz; no luz de luna..., ni luz de sol..., simple y atrózmente: luz de luz.
[Soñando dentro de un sueño lo soñado mientras nos sueñan]
Hágase el Amor. Pronunció un desconocido silente. Un coro de ecos presentimentales inundaban el pentagrama del Caos; en clave de alfa.
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La continuación de este escrito se ha perdido, me dije en aquel momento. Luego, como cual regalo del Cielo, un equivalente en bellas palabras me ha caído desde los aposentos de la Noche. Palabras que son más que palabras en letras que son más que letras, tesoro divino del beso que porta cada estrella, resguardo en un inmortal infinito amor dentro de la cajita parlante de mi corazón: el eterno diamante del espíritu.
Es esta la videncia en evidencia de que, como he dicho en alguna ocasión, «el universo nada desperdicia jamás».
[Escrito el jueves, 2 de septiembre de 2010 a la(s) 7:24]
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