Las horas pasan como el lento
y cansado andar del arroyo
plagado de maliciosas ramas
empeñadas en detener su paso.
Seres abstractos que ríen
de chistes negros y sutiles
rodean mi espacio muerto.
Como trofeo en sus manos
brillan siempre sus logros,
(Destellos vacíos y opacos;
propios de las almas pobres
que requieren pompa para existir)
cargados de grandes
ademanes que destilan
zapatos caros y prendas
que ni a soñar alcanzo.
Y yo, aferrado a mi brocha,
danzando incansablemente
el vals de los colores,
de arriba hacia abajo,
de un lado hacia el otro
por sus habitaciones, pienso:
¡Qué extraños mundos existen
en otras dimensiones!
Sus voces suenan lejanas
retumbando en mis oídos
como un eco indefinido
que va tostando mis venas.
El perfume de París
se adueña del espacio
y en silencio me nombra
insignificante, absurdo,
un intruso autorizado.
Rostros de mármol negro,
cuerpos sin vida muestran
cuánto valen como humanos.
¡Tanto orgullo me da náuseas!
¡Este aire demasiado limpio
no me deja respirar!
Sus ojos como un faro
que se sabe imprescindible
miran siempre hacia abajo
y taladran hasta los huesos,
buscando la imagen de un igual.
¡Tanta altura me da vértigos!
Me siento arlequín extranjero
actuando en su propio pueblo
y no sé, es que no soy de aquí.
Yo soy del alma, del sentimiento;
de lo sencillo y sincero,
del dolor, de la verdad.
Yo soy del pobre y su sueño;
del hambre y sus lágrimas;
del niño y su inocente risa.
Soy del ave y del viento;
del barco y del mar;
de la flor, de la libertad.
Soy del surco y la tierra,
del campesino y su buey;
del hermano, del amigo;
de la fe y del amor;
y también soy; lo sé,
la sombra de un fantasma
ya extinguido y olvidado,
que escondido entre sus letras,
nadie escucha y nadie ve.
Soy el tiempo y la distancia;
el espacio, lo infinito;
soy un cofre de sueños,
de esperanzas, de motivos;
todo bien resguardado
en el arca de mi corazón.
y cansado andar del arroyo
plagado de maliciosas ramas
empeñadas en detener su paso.
Seres abstractos que ríen
de chistes negros y sutiles
rodean mi espacio muerto.
Como trofeo en sus manos
brillan siempre sus logros,
(Destellos vacíos y opacos;
propios de las almas pobres
que requieren pompa para existir)
cargados de grandes
ademanes que destilan
zapatos caros y prendas
que ni a soñar alcanzo.
Y yo, aferrado a mi brocha,
danzando incansablemente
el vals de los colores,
de arriba hacia abajo,
de un lado hacia el otro
por sus habitaciones, pienso:
¡Qué extraños mundos existen
en otras dimensiones!
Sus voces suenan lejanas
retumbando en mis oídos
como un eco indefinido
que va tostando mis venas.
El perfume de París
se adueña del espacio
y en silencio me nombra
insignificante, absurdo,
un intruso autorizado.
Rostros de mármol negro,
cuerpos sin vida muestran
cuánto valen como humanos.
¡Tanto orgullo me da náuseas!
¡Este aire demasiado limpio
no me deja respirar!
Sus ojos como un faro
que se sabe imprescindible
miran siempre hacia abajo
y taladran hasta los huesos,
buscando la imagen de un igual.
¡Tanta altura me da vértigos!
Me siento arlequín extranjero
actuando en su propio pueblo
y no sé, es que no soy de aquí.
Yo soy del alma, del sentimiento;
de lo sencillo y sincero,
del dolor, de la verdad.
Yo soy del pobre y su sueño;
del hambre y sus lágrimas;
del niño y su inocente risa.
Soy del ave y del viento;
del barco y del mar;
de la flor, de la libertad.
Soy del surco y la tierra,
del campesino y su buey;
del hermano, del amigo;
de la fe y del amor;
y también soy; lo sé,
la sombra de un fantasma
ya extinguido y olvidado,
que escondido entre sus letras,
nadie escucha y nadie ve.
Soy el tiempo y la distancia;
el espacio, lo infinito;
soy un cofre de sueños,
de esperanzas, de motivos;
todo bien resguardado
en el arca de mi corazón.