edgrese
Poeta recién llegado
Hablan.
Deben de estar hablando,
porque abren y cierran la boca,
como peces recién nacidos al aire irrespirable de los hombres,
repitiendo la inútil inercia,
el atavismo estúpido
de aferrarse a la vida más allá de la vida.
Estas gentes extrañamente alegres que miran a la cámara
(pésimos actores)
que sonríen y
saludan con una irónica reverencia,
descubriéndose,
o caminan deprisa hacia la fábrica, la oficina, la estafeta de correos
la casa de su amante
el prostíbulo
la cervecería
la morgue
no deben de saber que ya están muertos
que ha venido la muerte
y tenía sus ojos y sus manos
sus galas de domingo
su inocencia
sus ganas de vivir
su algarabía.
Una ciudad entera,
en esa radiante mañana de junio de 1908
que ahora vuelve a existir
por dos minutos de gloria sordomuda
entre las cuatro paredes de la filmoteca.
Sombras chinescas que un niño o un dios inventara
en un vuelo de manos enlazadas
por quién sabe qué azar o qué milagro.
Arreciados. Resonantes. Hermosos.
Henchidos de aire y luz.
Enamorados de estar vivos
de simplemente ser
y basta.
Hablan,
deben de estar hablando
porque abren y cierran la boca
como recien nacidos a la muerte.
Boqueando
en la orilla del mundo.
No deben de saber que ya están muertos.
Deben de estar hablando,
porque abren y cierran la boca,
como peces recién nacidos al aire irrespirable de los hombres,
repitiendo la inútil inercia,
el atavismo estúpido
de aferrarse a la vida más allá de la vida.
Estas gentes extrañamente alegres que miran a la cámara
(pésimos actores)
que sonríen y
saludan con una irónica reverencia,
descubriéndose,
o caminan deprisa hacia la fábrica, la oficina, la estafeta de correos
la casa de su amante
el prostíbulo
la cervecería
la morgue
no deben de saber que ya están muertos
que ha venido la muerte
y tenía sus ojos y sus manos
sus galas de domingo
su inocencia
sus ganas de vivir
su algarabía.
Una ciudad entera,
en esa radiante mañana de junio de 1908
que ahora vuelve a existir
por dos minutos de gloria sordomuda
entre las cuatro paredes de la filmoteca.
Sombras chinescas que un niño o un dios inventara
en un vuelo de manos enlazadas
por quién sabe qué azar o qué milagro.
Arreciados. Resonantes. Hermosos.
Henchidos de aire y luz.
Enamorados de estar vivos
de simplemente ser
y basta.
Hablan,
deben de estar hablando
porque abren y cierran la boca
como recien nacidos a la muerte.
Boqueando
en la orilla del mundo.
No deben de saber que ya están muertos.