¡Déjame! no me despiertes,
déjame habitar el sueño,
vivir la ensoñación
del existir que quiero.
Quiero dormir, soñar
que vivo placentero,
que soy alguien,
persona, ser entero.
Que ese mundo al que me llamas,
donde todo tiene dueño,
me acongoja el alma,
me entrenubla el ceño.
Dueño tienen las mujeres hermosas
y de otros son los autos más bonitos.
No son nuestras las mansiones,
los abrigos, los botines, los zapatitos...
Para los otros son las playas,
ellos disfrutan la arena fina,
las hamacas, las sombrillas,
el refresco y la oliva.
No son para nosotros
los brazos blancos y suaves,
las sonrisas de carmín,
el abrazo que al pecho cabe.
Nunca nos llegan los perfumes,
ni los barcos, ni los yates,
ni pendientes, ni pulseras,
ni collares, ni colgantes.
No hay domingos de sol
y música en el parque,
ni zapatos lustrados
ni viaje a alguna parte.
Y en mis sueños hay una mujer,
que me mira y se complace,
que me abre sus brazos
me besa y me atrae.
¿No tengo yo derecho
a ser feliz en parte?
¡Déjeme dormir!
no me despierte, madre.