SUEÑOS FLORIDOS
En esta taciturna y fría tarde de agosto,
hay una sonrisa florida que se dibuja
en mis ojos lacrimosos;
una primavera de ensueño que se pinta
en los despertares del alba del mañana.
Qué bonito palpitan los corazones
cuando los sueños son árboles floridos;
aquellos que ayer nomás fueron cenizas
en los campos incendiados.
Qué bonito canta el corazón
cuando corren por las venas la savia tropical
de las flores y los malezas.
Sólo el hombre insensible
puede vivir en la penumbra de las hojas
y la podredumbre de los frutos lejanos.
Sólo el hombre inconsciente
puede tener el alma devastador
y destruir las mil primaveras soñadas.
En esta taciturna y fría tarde de agosto,
que los sueños floridos alumbren
con la luminaria de las dulces alboradas,
donde los pájaros se arropen de nuevas plumas
y enciendan sus corales en la lozanía de los matorrales.
Que el alma del hombre reflexivo
levante la mano y se vista de recurrente
sembrador de árboles; y que las fuentes del jubiloso
corazón suspiren, dulcemente, las amorosas floras;
y que renazcan las faunas silvestres
desde los misterios del descampado.
En esta taciturna y fría tarde de agosto,
hay una sonrisa florida que se dibuja
en mis ojos lacrimosos;
una primavera de ensueño que se pinta
en los despertares del alba del mañana.
Qué bonito palpitan los corazones
cuando los sueños son árboles floridos;
aquellos que ayer nomás fueron cenizas
en los campos incendiados.
Qué bonito canta el corazón
cuando corren por las venas la savia tropical
de las flores y los malezas.
Sólo el hombre insensible
puede vivir en la penumbra de las hojas
y la podredumbre de los frutos lejanos.
Sólo el hombre inconsciente
puede tener el alma devastador
y destruir las mil primaveras soñadas.
En esta taciturna y fría tarde de agosto,
que los sueños floridos alumbren
con la luminaria de las dulces alboradas,
donde los pájaros se arropen de nuevas plumas
y enciendan sus corales en la lozanía de los matorrales.
Que el alma del hombre reflexivo
levante la mano y se vista de recurrente
sembrador de árboles; y que las fuentes del jubiloso
corazón suspiren, dulcemente, las amorosas floras;
y que renazcan las faunas silvestres
desde los misterios del descampado.
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