Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Creo que la suerte, cría de mis versos, es la forma que tiene cada quien al generalizar las cosas que suceden en su vida. Mira, si amanezco con una sonrisa que de seguro nace por algo que quise que me dijeras en mis sueños y te hiciste del rogar y luego lo dijiste y después en el desayuno confundo el aroma del café, el del jugo de mandarina y el del pan de todos los días con aquel que se me quedó en la nariz después de reposar mi cabeza en tus hombros mientras la tempestad de tu cabello jugaba con hacerme cosquillas, suspiro y digo a modo de oración ¡carajos! que buena suerte tengo.
Hay otras ocasiones, también al despertar por las mañanas, en las que despierto encabronado, con el ceño fruncido y la voz áspera y entonces en un tris de lucidez recuerdo que en mi sueño se me terminaron los pecados y que tuve que inventar otro y otro que corrieran de tus labios a la y griega de tu cuerpo y que cuando todo marchaba de maravilla como aquella vez en que la vida nos dejó en el desamparo de ese cuarto, de esa cama, de ese estar tú y yo como en isla desierta y la maldita luz de la ventana confabulada con el tiempo sin clemencia me despierta a medio amor, a medio yo en ti, a medio acto; suspiro y me digo con voz de desamparo ¡wao! que buena suerte tengo.
La mala suerte no cree en mí aunque atenta contra mi persona llegando por diferentes flancos, trata de borrarme la sonrisa de otra manera, de forma más sencilla, por ejemplo; conmigo casi puede y me inunda toda la vida cuando te escribo y me respondes con monosílabos y sólo puedo intuir que me quieres, o cuando a menudo, después de once hojas de cursilería forrada de amor simplemente respondes; yo también, y siento que lo dices en defensa propia, algo así como para no comprometer tu corazón más de la cuenta, como si sintieras que al escribir algo más la tinta se fuera a terminar y no pudieras llegar al final de la respuesta con algo más que no sea un; cariños para ti.
Entonces, panal de mis avispas, siento que la suerte y la muerte es lo mismo y mis pasos se acobardan y el horizonte se me enturbia y siento tantas emociones tan disímbolas que no me queda más remedio que volverte a escribir y volverte a leer y volver a decir; ¡demonios! Cuántas emociones, que buena suerte tengo.
Due en una tarde en la que sé, por fin, que la suerte es tan subjetiva como el amor, como el cristal con que se mira.
Hay otras ocasiones, también al despertar por las mañanas, en las que despierto encabronado, con el ceño fruncido y la voz áspera y entonces en un tris de lucidez recuerdo que en mi sueño se me terminaron los pecados y que tuve que inventar otro y otro que corrieran de tus labios a la y griega de tu cuerpo y que cuando todo marchaba de maravilla como aquella vez en que la vida nos dejó en el desamparo de ese cuarto, de esa cama, de ese estar tú y yo como en isla desierta y la maldita luz de la ventana confabulada con el tiempo sin clemencia me despierta a medio amor, a medio yo en ti, a medio acto; suspiro y me digo con voz de desamparo ¡wao! que buena suerte tengo.
La mala suerte no cree en mí aunque atenta contra mi persona llegando por diferentes flancos, trata de borrarme la sonrisa de otra manera, de forma más sencilla, por ejemplo; conmigo casi puede y me inunda toda la vida cuando te escribo y me respondes con monosílabos y sólo puedo intuir que me quieres, o cuando a menudo, después de once hojas de cursilería forrada de amor simplemente respondes; yo también, y siento que lo dices en defensa propia, algo así como para no comprometer tu corazón más de la cuenta, como si sintieras que al escribir algo más la tinta se fuera a terminar y no pudieras llegar al final de la respuesta con algo más que no sea un; cariños para ti.
Entonces, panal de mis avispas, siento que la suerte y la muerte es lo mismo y mis pasos se acobardan y el horizonte se me enturbia y siento tantas emociones tan disímbolas que no me queda más remedio que volverte a escribir y volverte a leer y volver a decir; ¡demonios! Cuántas emociones, que buena suerte tengo.
Due en una tarde en la que sé, por fin, que la suerte es tan subjetiva como el amor, como el cristal con que se mira.
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