LuKaS
L'enfant terrible
Verás, yo nací y crecí, ente ricos y nobles;
familia adinerada, de festejos con pompa
mi orgullo se jactaba, mi cuerpo se llenaba,
al mismo tiempo que mi alma se corrompía.
Ya a los 17, varias lenguas manejaba.
Filosas como espadas. Todas un dragón;
palabras de fuego desde mi garganta.
Fueron las que traicionaron mi corazón.
Me sentí seducido por el poder,
me metí en negocios turbios,
que desbocaron en el placer,
encerrándome en un mundo
de drogas y vicios por doquier.
Día de negocios con mis colegas fumando un puro,
noche de inhalar drogas con amigos en lo oscuro.
Me tenían por l' enfant terrible sin tachaduras,
y yo que me sentía tan cómo en su locura,
sin saber que me produciría tanta amargura,
ni que me incitaría a quitarme la vida.
En esa elite de devolución, uno también sobrevivía.
La lucha de posiciones daba luz al exceso de vanidades,
y la competencia requería, tomar medidas formidables,
o podías quedarte viendo como el corazón te comían.
Nadie podía ser un estorbo, no se podía empujar.
Te quitaban del camino por las buenas que eran malas,
o por la malas que eran balas, de cualquier calibre.
Muchos me estorbaban...
-El último día-
Las cartas se acumulaban, en el buzón sobre la calzada.
Adrián solía traérmelas hasta la puerta de mi oficina,
y si yo hacía caso omiso a los golpes de sus nudillos,
sobre el roble que bloqueaba mi mundo del resto;
solía tirarlas por debajo, para que las leyera luego.
Escritos con las condelencias de un par de burgueses,
desde la muerte de mi padre, eran cosa de todos los días.
Yo no las leía. Hacía gala de mis clases de deporte,
y practicaba encestarlas en el mimbre de la esquina.
El imperio se derrumbaba; la casa se enmudecía,
pero el silencio hablaba y en mi amargura susurraba,
que ya no me lamentara; que pusiera fin a mi vida.
Y no había nadie mas que me aconsejara...
-Empuña y clava-
Mis oídos se calman por la púa que toca una sinfonia;
mi mirada se pierde en la pequeña mesa de lectura,
mis manos buscan el arma que él siempre guardaba,
y se zambullen en sus tablas, pero la encuentran vacía.
Encuentro un abrecartas... suficiente para mi cometido;
el suave beso de su hoja, va acallando mis latidos.
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