Susto en el tanatorio

Antonio del Olmo

Poeta que considera el portal su segunda casa
SUSTO EN EL TANATORIO

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Me sentía muy cansada aquella mañana, después de la muerte de mi padre. Había pasado dos días sin dormir apenas. Fui la primera en entrar en la sala del tanatorio a las ocho de la mañana. No quise mirar el ataúd abierto para no guardar el recuerdo de mi padre muerto. Me senté en un sofá, cerré los ojos e intenté recordar los buenos momentos que había pasado con él.

En ese momento… escuche la voz de mi padre amonestándome amablemente:

— ¡¿No te dije que no quería que me viesen muerto?! ¿Por qué han destapado mi ataúd?

Abrí los ojos y vi a mi padre levantándose del ataúd mientras me decía:

—No temas. He regresado del más allá solo para cumplir mi promesa.

La cara de mi padre cambio de color: pasó del pálido de la muerte al sonrosado de la vida. Entonces grité con todas mis fuerzas mientras sentía dos emociones opuestas: el terror de lo sobrenatural y la esperanza de encontrar a mi padre vivo. Me despertó mi grito y descubrí que todo había sido una horrible pesadilla.

Un empleado de la funeraria acudió presuroso a socorrerme, me puso la mano en el hombro y dijo:

—¿Se encuentra mal? ¡Está muy pálida! ¿Llamo al Servicio de Emergencias Sanitarias?

— No. No. Ya me encuentro mejor. Todo ha sido una pesadilla.

— ¿Necesita algo?

—Sí. Quiero que coloquen la tapa al ataúd. No quiero recordar la imagen de mi padre muerto.

—Ahora mismo tapo el ataúd.

El empleado salió presuroso de la sala de visitas, entro en el cuarto acristalado reservado a los difuntos y tapó el ataúd. Después volvió a la sala donde estaba yo y me dijo sonriendo:

—Ya se encuentra mejor. Ha cambiado el color de su cara del pálido al sonrosado.

Pensé que me había ocurrido lo mismo que creí ver en la cara de mi padre durante la pesadilla. ¡Qué casualidad! En ese momento se me ocurrió una feliz idea: imprimir las fotos de mi padre en sus momentos más felices, durante las vacaciones que pasamos juntos.

Dos horas después, mientras pegaba las fotos en los cristales del tanatorio, recordé lo que me había dicho mi padre una noche estrellada de verano:

“No me gustan los velatorios. Quiero recordar a las personas en sus momentos más felices. No quiero ver a los muertos. Me parece una costumbre macabra exhibir a los difuntos en el tanatorio.” Y después de una pausa añadió riéndose: “Si no tapan mi ataúd... soy capaz de levantarme para dar a todos un buen susto”.
 

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Bueno, algo así pienso, pero también soy de las que piensa que hay que despedirse para hacer un duelo completo, aunque la verdad es que sí, una cosa es despedirse, otra es pues exhibir a los muertos.
Un gusto leerte, Antonio, un abrazo.

Se pueden reunir los familiares y amigos para celebrar un homenaje fuera del tanatorio. De todos modos, respeto los deseos de los más allegados, aunque me parezcan macabros.

Salud, ventura y larga vida.
 
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SUSTO EN EL TANATORIO


Me sentía muy cansada aquella mañana, después de la muerte de mi padre. Había pasado dos días sin dormir apenas. Fui la primera en entrar en la sala del tanatorio a las ocho de la mañana. No quise mirar el ataúd abierto para no guardar el recuerdo de mi padre muerto. Me senté en un sofá, cerré los ojos e intenté recordar los buenos momentos que había pasado con él.

En ese momento… escuche la voz de mi padre amonestándome amablemente:

— ¡¿No te dije que no quería que me viesen muerto?! ¿Por qué han destapado mi ataúd?

Abrí los ojos y vi a mi padre levantándose del ataúd mientras me decía:

—No temas. He regresado del más allá solo para cumplir mi promesa.

La cara de mi padre cambio de color: pasó del pálido de la muerte al sonrosado de la vida. Entonces grité con todas mis fuerzas mientras sentía dos emociones opuestas: el terror de lo sobrenatural y la esperanza de encontrar a mi padre vivo. Me despertó mi grito y descubrí que todo había sido una horrible pesadilla.

Un empleado de la funeraria acudió presuroso a socorrerme, me puso la mano en el hombro y dijo:

—¿Se encuentra mal? ¡Está muy pálida! ¿Llamo al Servicio de Emergencias Sanitarias?

— No. No. Ya me encuentro mejor. Todo ha sido una pesadilla.

— ¿Necesita algo?

—Sí. Quiero que coloquen la tapa al ataúd. No quiero recordar la imagen de mi padre muerto.

—Ahora mismo tapo el ataúd.

El empleado salió presuroso de la sala de visitas, entro en el cuarto acristalado reservado a los difuntos y tapó el ataúd. Después volvió a la sala donde estaba yo y me dijo sonriendo:

—Ya se encuentra mejor. Ha cambiado el color de su cara del pálido al sonrosado.

Pensé que me había ocurrido lo mismo que creí ver en la cara de mi padre durante la pesadilla. ¡Qué casualidad! En ese momento se me ocurrió una feliz idea: imprimir las fotos de mi padre en sus momentos más felices, durante las vacaciones que pasamos juntos.

Dos horas después, mientras pegaba las fotos en los cristales del tanatorio, recordé lo que me había dicho mi padre una noche estrellada de verano:

“No me gustan los velatorios. Quiero recordar a las personas en sus momentos más felices. No quiero ver a los muertos. Me parece una costumbre macabra exhibir a los difuntos en el tanatorio.” Y después de una pausa añadió riéndose: “Si no tapan mi ataúd... soy capaz de levantarme para dar a todos un buen susto”.
Que decir, un profundo relato escrito en tristes circunstancias.
Le deseo Feliz Año Nuevo 2025.

Saludos
 
SUSTO EN EL TANATORIO


Me sentía muy cansada aquella mañana, después de la muerte de mi padre. Había pasado dos días sin dormir apenas. Fui la primera en entrar en la sala del tanatorio a las ocho de la mañana. No quise mirar el ataúd abierto para no guardar el recuerdo de mi padre muerto. Me senté en un sofá, cerré los ojos e intenté recordar los buenos momentos que había pasado con él.

En ese momento… escuche la voz de mi padre amonestándome amablemente:

— ¡¿No te dije que no quería que me viesen muerto?! ¿Por qué han destapado mi ataúd?

Abrí los ojos y vi a mi padre levantándose del ataúd mientras me decía:

—No temas. He regresado del más allá solo para cumplir mi promesa.

La cara de mi padre cambio de color: pasó del pálido de la muerte al sonrosado de la vida. Entonces grité con todas mis fuerzas mientras sentía dos emociones opuestas: el terror de lo sobrenatural y la esperanza de encontrar a mi padre vivo. Me despertó mi grito y descubrí que todo había sido una horrible pesadilla.

Un empleado de la funeraria acudió presuroso a socorrerme, me puso la mano en el hombro y dijo:

—¿Se encuentra mal? ¡Está muy pálida! ¿Llamo al Servicio de Emergencias Sanitarias?

— No. No. Ya me encuentro mejor. Todo ha sido una pesadilla.

— ¿Necesita algo?

—Sí. Quiero que coloquen la tapa al ataúd. No quiero recordar la imagen de mi padre muerto.

—Ahora mismo tapo el ataúd.

El empleado salió presuroso de la sala de visitas, entro en el cuarto acristalado reservado a los difuntos y tapó el ataúd. Después volvió a la sala donde estaba yo y me dijo sonriendo:

—Ya se encuentra mejor. Ha cambiado el color de su cara del pálido al sonrosado.

Pensé que me había ocurrido lo mismo que creí ver en la cara de mi padre durante la pesadilla. ¡Qué casualidad! En ese momento se me ocurrió una feliz idea: imprimir las fotos de mi padre en sus momentos más felices, durante las vacaciones que pasamos juntos.

Dos horas después, mientras pegaba las fotos en los cristales del tanatorio, recordé lo que me había dicho mi padre una noche estrellada de verano:

“No me gustan los velatorios. Quiero recordar a las personas en sus momentos más felices. No quiero ver a los muertos. Me parece una costumbre macabra exhibir a los difuntos en el tanatorio.” Y después de una pausa añadió riéndose: “Si no tapan mi ataúd... soy capaz de levantarme para dar a todos un buen susto”.
Y fue lo que hizo finalmente.
Te deseo un buen año 2025.
Un abrazo, Antonio.
 

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