Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Lo dije todo de tan nada que dije.
Adivinaste la garganta que escondí en el paréntesis,
la palpaste es su grosera sutileza de penumbras
con lo que debió ser la música agitada en tus retinas.
Quedé sembrado en un tránsito inmóvil de olas,
en una muerte de oficio sin pies.
Pero a tu sangré le oí decir que tu carne no era un mito de estatuas.
Escuché decir a tu estatua: tócame.
Eras una vibración traspasada de músculo,
un acorde vivo que desgarraba mis uñas,
una espesa extensión de mis asfixias,
muy adentro, pero afuera, en insoportable noción de las orillas.
Mi corazón era un murmullo de savias circulares,
una almendra sola de un árbol incapaz de arraigarse
en el cauce de mi voz con su silbido de adrenalina.
Pero tu lengua me recogió del aire en toda mi magnitud de aroma,
replicaste cada hebra mía con tu temblor de ciudad devastada,
líquida mujer contenida en una copa,
hembra crecida por la marea y denunciada por el viento,
océano en pie que penetré de tuétanos hasta arrancar mi sombra.
Menoscabé cada lirio tuyo, hice brotar la hiedra.
Me cegaste los ríos que trepaban a las nubes,
te aprendí a amar con las piedras.
Eras todo lo que no me habían contado del mar antes de su mugido:
que la espuma también ahoga,
que un grano de arena en el ojo puede ser la semilla de la locura.
Ya todo es una sorda ceguera.
No me acostumbro a lo que soy desde que no eres lo que conmigo fuiste,
no acepto que no seas mi muerte,
que dures tanto, que no hayas durado…
He hecho perenne la declaración del eclipse,
y tú oíste nada de tan todo que oíste.
Adivinaste la garganta que escondí en el paréntesis,
la palpaste es su grosera sutileza de penumbras
con lo que debió ser la música agitada en tus retinas.
Quedé sembrado en un tránsito inmóvil de olas,
en una muerte de oficio sin pies.
Pero a tu sangré le oí decir que tu carne no era un mito de estatuas.
Escuché decir a tu estatua: tócame.
Eras una vibración traspasada de músculo,
un acorde vivo que desgarraba mis uñas,
una espesa extensión de mis asfixias,
muy adentro, pero afuera, en insoportable noción de las orillas.
Mi corazón era un murmullo de savias circulares,
una almendra sola de un árbol incapaz de arraigarse
en el cauce de mi voz con su silbido de adrenalina.
Pero tu lengua me recogió del aire en toda mi magnitud de aroma,
replicaste cada hebra mía con tu temblor de ciudad devastada,
líquida mujer contenida en una copa,
hembra crecida por la marea y denunciada por el viento,
océano en pie que penetré de tuétanos hasta arrancar mi sombra.
Menoscabé cada lirio tuyo, hice brotar la hiedra.
Me cegaste los ríos que trepaban a las nubes,
te aprendí a amar con las piedras.
Eras todo lo que no me habían contado del mar antes de su mugido:
que la espuma también ahoga,
que un grano de arena en el ojo puede ser la semilla de la locura.
Ya todo es una sorda ceguera.
No me acostumbro a lo que soy desde que no eres lo que conmigo fuiste,
no acepto que no seas mi muerte,
que dures tanto, que no hayas durado…
He hecho perenne la declaración del eclipse,
y tú oíste nada de tan todo que oíste.
30 de septiembre de 2011