ropittella
Poeta veterana en el Portal
San Telmo profana y santa
como la vida del santo,
empedrada de tiempo
y de nostalgia, no duerme
y yo en ella
-como ella- insomne
desde un sótano
de más de cien años.
La veo como mujer
que baila un tango
volando sobre los
finos tacos puntiagudos,
mientras por un tajo,
sus medias le lloran
a Piazzola
por el hilo continuo,
como una lágrima larga y sola
hasta la envergadura de la calle...
Contra la pared,
el sombrero de un hombre
cuya espalda da sombra
a esa mano
que empuña un cigarrillo,
y se acomoda el muro
contra una planta del pie:
es el fantasma de Gardel
que me saluda desde un cuadro
fileteado de pasión.
En un negro pizarrón
el menú de la noche
escrito a pulso,
seguro que de milonga...,
con tizas de mil colores.
Hay voces
que gritan, cantan,
se emborrachan
del olor a viejo
de la mugre ciudadana,
y el infaltable alcohol
que amanece,
en el abandonado
silencio que amanece.
Ciudad pequeña,
el fiel vecino
paseando al perro,
sobre el mismo empedrado
bailado y cancino.
Aunque sea un barrio
es una isla puerto,
de arte y de miserias.
De la gran Orbe
no se han eliminado
las suciedades de sus arterias.
Los turistas se amontonan
los domingos en las ferias,
la acaparan de a largos
ratos, se la beben, la caminan,
la capturan con sus lentes.
La idolatran como a aquellos
personajes y reviven:
Mafalda,
Isidoro,
Larguirucho...
Hijos todos
primordiales.
El arte sana,
y el insomnio...,
debe ser parte del arte.
Esta mañana de lunes
-sin haber pegado un ojo-
sé que San Telmo
es otro por las noches,
un suburbio
de lo santo y lo profano,
de lo oscuro y lo brillante,
como el Santo,
como el tango,
como la vida que le late.
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